La innovación y las compras. Una de cal y otra de arena.

No hablamos de lo que hay que hablar joder.

Una conversación no mantenida, un sentimiento reprimido, una sinceridad acallada… es un ladrillo más en nuestro muro de incomunicación. Quiero poner ejemplos que muestren de lo que hablamos en el día a día:

  • “Donde me gustaría ir de vacaciones…”
  • “A donde podemos ir a cenar este sábado…”
  • “Regalo de navidad que quiero que me regales…”
  • “Tengo un compañero de trabajo que me hace la vida imposible…”
  • “Había un tráfico tremendo, por eso he llegado tarde…”

Pero es curioso, cuando todos esos temas se acaban; llega el silencio. Ese silencio en el que las personas hablan por dentro y se callan por fuera. Sí, en ese momento se te unen los labios y te conviertes en un muñeco de trapo con vida. Son de esos momentos en los cuales parece que alguien está hablando a tu alrededor, pero… ¡no! ¡Eres tú contigo mismo y para ti sólo!

¿Qué voz os ponéis a vosotros mismos cuando os habláis? ¿Os reconocéis a vosotros mismos? Otro tema para otro post.

Hablemos de la vida, hablemos de la realidad. Dos personas toman un café, es domingo, y el día anochece. Han acabado de contarse los asuntos triviales de la semana, sean amigos, familia, o pareja, y no queda nada más que decir. El silencio ya no es molesto; ya están acostumbrados a que aquello ocurra. Se sienten cómodos ya que lo asocian con la confianza.

Sin embargo ambos están hablando, pero ya no están en ese lugar. Están lejos de la conversación, del momento de estar juntos. Hay dos opciones: o están dilucidando como decirse todo aquello que se queda en el tintero y ya nunca más se van a decir; u o bien no están presentes porque están con otra persona, con otra situación, con otro algo. Porque cuando te acostumbras a hablar de lo que hay que hablar, olvidas lo que quieres decir, y olvidas para que estás con aquella persona en ese preciso instante.

Y esas conversaciones no vuelven, no se recuperan. Una conversación, un pensamiento no compartido, se pierde como una gota de lluvia cayendo en el mar, en el ruido de nuestros pensamientos.

Hoy he ido de compras. Ni me apetecía comprar ni me apetecía andar por unas calles que desgasté meses atrás. No es huir, de nuevo es elegir. Pero ya tocaban esas compras.

 Y no encontré nada que mereciera la pena. Ni en la calle, ni en las tiendas, ni en el ambiente. Cuando volví a casa tenía la extraña sensación de que la gente estaba allí porque tocaba ir de tiendas. Están abiertas, es domingo, no tenemos nada más que decirnos, vayamos de compras.

De un tiempo a esta parte le hago mucho caso a mis sensaciones. Son las que me están moviendo, no decido de otro modo. Y no vi felicidad en mi día de compras.

Me fijé en dos parejas. Una de ellas, de unos cuarenta y tantos discutían acerca de quién tenía la razón acerca de algo que era imposible de adivinar. No me gusta discutir y reconozco que yo también lo he hecho. Me he encendido, me he puesto nervioso y totalmente irracional. ¿Pero realmente de que estamos discutiendo, de esa tontería o de algo más? ¿Hablamos de aquello que se quedó en mi cabeza pero nunca te dije? Seguro que alguna vez le habéis dicho aquello de “¡¡¡pero si ya te lo había contado!!!”. Perdóname que insista, pero lo hablarías en silencio.

No hablamos de lo que merece la pena hablar. Y no digo más tacos!

La otra pareja hablaba del color de unos pantalones, de la talla, y de lo que iban a hacer por la tarde, mientras su hijo les repetía sin parar una frase para enseñarles algo. Las ha repetido de tirón, sin que nadie le prestase atención tanto para observarlo como para reprenderlo.

Aislamiento, incomunicación, proteccionismo. Ganas de que pase pronto la mañana, la tarde, de que acabe el domingo y pueda volver a trabajar donde todos me tocan las pelotas pero por lo menos no tengo que pensar. Eso es lo que he sentido y visto hoy.

 Pero en esta semana también he visto comunicación. Es mi cara brillante de la Luna de esta semana. 

Trabajo en Innovación, investigación o como se llame lo que hago. El viernes fui a evaluar con dos compañeros los conceptos que habían desarrollado unos estudiantes de diseño industrial para el trabajo de una asignatura. Los conceptos tenían que versar acerca de electrodomésticos para poblaciones desfavorecidas.

Últimamente había estado pensando que estaba ya todo inventado, que la veteranía te ayudaba a canalizar la innovación, y que no todos los temas te permitían reinventarte a ti mismo ya que no son motivantes. Pero el viernes se me ilumino el corazón, y ví en aquellos cien chavales de veintitantos años que la innovación y la investigación no sólo se basa en una colección de títulos académicos, sudor incierto y trabajo de erosión.

Porque para aquellos alumnos el trabajo no era un trabajo, no era una asignatura sin más. Para ellos era su creación, su contribución para hacer más digna la vida a las poblaciones desfavorecidas. Y era a su vez la contribución a ellos mismos. No mostraban sus resultados para aprobar sino para compartir su creatividad, sus logros y su capacidad.

Y entonces me descubrí a mí mismo. Todas aquellas carreras, másters, cursillos, artículos, charlas… son mi muro de Berlín, mi boca de trapo cerrada para no hablar de lo que deseo hablar.

Mientras acumules títulos no hará falta hablar de cuál es la motivación, el entusiasmo, lo que te llena en el trabajo y te hace brillar.

La innovación o la investigación, lo que queráis,  se basa en encontrar la motivación para que en aquello a lo que te dedicas y en inicio te apasiona, encuentres el modo para contribuir, para crear, para innovar, y que dicha innovación te contribuya a ti como persona. En ese momento, descubrirás y serás descubierto. Si no ocurre así, acabarás dependiente y sólo de una relación que te abandona sin darte excusas.

El viernes me tomé un auténtico chute de esa motivación. Fueron a estos mismos chavales a los que les hablé acerca de la empresa donde trabajo, de nuestros principios, de nuestra visión de la investigación y nuestra motivación para ser excelentes.

Y tuve esa conversación conmigo que llevaba tiempo postergando. Y es donde me encontré, cuando me sincere. Me encontré en el centro de sus trabajos. Recibimos lo que generamos, transmitimos lo que somos, y lucimos cuando realmente somos nosotros mismos.

Brilla alto estrella, para que me ilumines el horizonte en las noches oscuras.

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Los siete momentos que hacen que merezca la pena el día

El día tiene 24 horas. En el mejor de los casos dedicamos unas dos horas para nosotros.

¿Con qué te quedas cuando acaba el día? Sinceramente, estoy seguro que has hecho más cosas de las que habías planeado; aunque no fueran de tu agrado. Sí, pero… realmente, ¿qué es lo que te hace sonreír?

Son pequeños detalles, pequeños gestos, pequeños momentos, cosas insignificantes que ocurren a tu alrededor.

Yo vivo por y para esos detalles.

Os cuento mis siete detalles, mis siete momentos que me llenan el día. Me dejo muchos más, pero siete es mi número favorito, y serán por ello siete.

Empecemos por lo fácil. ¿Os habéis dado cuenta del placer que supone que te llamen por tu nombre? En serio, ¿no os encanta cuando alguien lanza una pregunta y pone al principio vuestro nombre? ¿Cuántas veces nos llamamos por nuestro nombre a lo largo del día? Contad, contad… muy pocas. Esto es más intenso si cabe cuando lo hace un buen amigo, un familar, una persona a la que apreciáis, o una persona de la que estás enamorado o estáis en proceso de enamoraros. Me llena que digan mi nombre, si sale natural, como parte del protagonismo que la otra persona quiere hacer recaer sobre ti. Supone una conexión, conmigo mismo y con el que me habla, como si nos tocáramos.

Mi segundo gran momento es cuando recibes noticias de alguien en el que estabas pensando. Puede ser un correo, un whatsapp, un sms, o lo más clásico, una llamada. Es más, ni siquiera puede ser algo que recibas; sino algo que hay u ocurre en el entorno, que de una manera inhalámbrica, te conecta con esa persona. Por ejemplo, te lo nombran. ¿No es por lo menos curioso que justo alguien te nombre una persona en la que estas pensando? Este es un placer que depende del día, del momento, de la situación. Puede ser un colega, parte de la familia, una amiga, una persona especial, alguien del trabajo… he sentido el placer de este momento con gente muy diversa.

Y que me decís cuando os veis a vosotros mismos haciendo una auténtica locura. Las locuras pueden ser de muy diverso tipo ya que lo que es una locura para uno, es auténticamente una tontería para otros. Yo he disfrutado mucho apretando los dientes corriendo los últimos kilómetros de una carrera, estando tres horas hablando en inglés y dándome cuenta que podía, o sencillamente yendo a ver a una amiga a altas horas de la madrugada. No es mi favorito porque esto no es un detalle, no es un momento. Lo incluyo como momento porque es un solo instante cuando te das cuenta de lo que has hecho. Te ha podido llevar rato y rato, pero siempre hay un momento ínfimo en el cual te das cuenta de la locura que has hecho. Y ahí está mi momento.

Este es increíble. Y lo tenemos cada día, os lo aseguro. Muchas, muchas veces, pero nos negamos a creerlo. Esas décimas que pillas a alguien mirándote furtivamente, ya sea con admiración o con deseo. Por esas décimas, aunque sólo sea unas décimas, ha merecido el día. Será corto, será una sensación, no una realidad, la desgracia es que la mayor parte de los días no lo percibimos.

Un momentazo que me llega al corazón, y que hace que el día haya merecido la pena es cuando alguien te cuenta a ti qué opina de ti. Pero no me vale eso opinar en base a tus actos. Eso sería lo fácil. “que si eres muy majo, muy buena persona, un tipo con el que se puede hablar…”  ¡eso son obviedades! No sé ni yo mismo como soy para que alguien sepa describirme con exactitud. Yo ando buscando esos pequeños detalles de mí mismo que siempre pensé que nadie se fija. “mira, me levanta una intensa ternura la manera que miras y los gestos concretos que haces con la cabeza al hablar con alguien nervioso, es súper intenso como consigues reducir la ansiedad”. Eso sí leches, eso sí. No me describas como una buena persona, eso ya lo sé.

Y uno de los mejores detalles es cuando hablas bien de ti mismo a otra persona. ¿Os habéis escuchado hablando bien de vosotros mismos? Si estáis hablando realmente bien, pero bien de verdad, eso sí que es intenso joder. Eso sí que es una canción de esas que os sabéis de memoria porque os encantan y bailáis como locos.

Y me dejo el séptimo que es el que más me está costando. Ese momento por el que lucho todos los días, y el que hace que los días caigan no como hojas de otoño, sino que los minutos y las horas cuenten. Son esos instantes cuando el día acaba, cuando la actividad se pausa, cuando no puedes hacer nada más que enfrentarte a tus pensamientos, y haces balance, y te evalúas. Es mágico cuando hablas bien de ti mismo a ti mismo. Eso sí que es algo renovador, intenso, puro. Nadie más te escucha, no tienes que conquistar o convencer a nadie. Eres tú contra ti mismo. Y los días que has actuado contigo en la cabeza, con valentía, con energía y determinación, alineado con cómo te describes, ese día, justo ese día; hablas bien de ti mismo. Y de nuevo son unos segundos; pero son los segundos que merecen la pena.

Así que no necesito grandes cenas en sitios súper caros, no necesito caminar los domingos por el mismo sitio, ni tener ocho horas de sueño todos los días. Sólo necesito mis detalles, los míos, los que me llevo cada día cuando cierro los ojos.

Hubo una época en la que buscaba esos detalles con desesperación. Como un fotógrafo que tira y tira fotos, en la búsqueda de inmortalizar el momento perfecto. Buscaba rituales que me llevaran a esos instantes infinitos. Pero esos detalles, esos momentos no se generan, no se crean. Pasan por tu lado cuando estás presente, disponible, abierto, y sólo tienes que verlos pasar, disfrutarlos y poner las condiciones para que pasen cerca de ti, nada más.

Escribir esto ha puesto mi pequeño detalle en mí.

Los oscuros secretos de tus domingos de cambio de hora. No dormir y desearlo.

Hoy nos vamos a decir verdades pero de las buenas. Verdades de cambio de hora, de noche donde había luz, de domingo de anochecer.

Repasemos… Tengo una larrrrga lista de deberes. Deberes de esos que consumen tu día, tu hucha de energía vital, y desplazan todo, como el CO2 en una habitación.

Deberes tediosos, de esos que no sirven para nada, que no llevan a ningún sitio. Así a bote pronto se me ocurre lo siguiente: planchar diez camisas, poner dos lavadoras, barrer el camino que lleva  las habitaciones, hacer el baño, cortar una zócalo a  la medida correcta para que dejen de tener una guarida las posibles cucarachas que me acechan, hacer la maleta, ir al taller a revisar los focos del coche, comprarme ropa de trabajo, ropa de deporte, comprar comida y hasta algunos deberes más inconfesables…

A mí nunca se me han dado bien las tareas repetitivas. Yo era de esos que cuando me encargaban algo mecánico, a la tercera vez ya lo hacía de una manera diferente, a la quinta ya tenía tres maneras diferentes de hacerlo, a la décima me aburría, y a partir de entonces lo hacía mal. ¿y entonces por qué me empeño en hacer lo que no deseo?

Sin escarbar en mi memoria, tengo deseos. Muchos, tendré que sumar varios reyes magos de varias generaciones para conseguir que me traigan todos. Que levante la mano aquel que no desearía algo de esto.

  • Comer sin hora de comienzo ni de acabar, hasta que la comida se quede fría o nos echen del lugar.
  • Dormir a las siete de la tarde viendo la que se avecina repetido. Acostarme con unos calcetines viejos y levantarme a las cinco de la mañana porque ya no tengo sueño.
  • Reír con la boca abierta hasta que se me caigan lágrimas de los ojos, mientras me abrazo a otra persona de la tontería que acabamos de realizar.
  • Tocar sin miedo al tacto de la piel, sin miedo a que mis manos estén sudorosas por los nervios del momento. ¡Ay qué miedo!
  • Sentir como me tocan, y que mi cuerpo no se agarrote como un trozo de madera. Que se relaje pero dejarme que se erice la piel.
  • Acariciar algo que me agrade sin miedo al rechazo.
  • Leer en un atardecer, mirando al horizonte de vez en cuando, saboreando lo que ha dicho, hasta que no quede luz y te alumbres con el móvil.
  • Llorar largo y tendido. Sólo sin razón aparente, en la gruta del señor Bruce Wayne.
  • No desear que acabe aquella película que has visto unas trece veces. Me dice tanto…
  • Amanecer, pero amanecer hasta con gafas de sol, de una larga conversación nocturna. Puede ser con amigos o con una pareja. Dejemos las dos opciones.
  • Mirar de frente con ojos certeros y seguros. Mi mirada es profunda, analítica y sincera. No encontrarás mayor pureza en ojos de color más turbio…
  • Sentirme observado, como una mirada fija en mí, intentando memorizar mis gestos, mi cuerpo, mi forma.
  • Aconsejar sin miedo a equivocarme; ya que no me equivoco, nunca nos equivocamos. Sólo nos equivocamos cuando dejamos de escucharnos.
  • Tener una conversación sin mirar el reloj, sin tener un plan posterior.
  • Disfrutar de un debate, de cómo te llevan la contraria y cómo tu cerebro echa chispas para pensar el siguiente argumento.
  • Tumbarme en el césped en una noche estrellada de verano, sólo, acompañado por mi plena conciencia.
  • Sentirme deseado de una manera irracional y a la vez racional. Deseado por quién soy y por cómo actúo.
  • Ayudar sin esperar contraprestación, porque esa es la verdadera esencia de ayudar.
  • Escribir para mí mismo, con energía y pasión, derramando mi alma en cada frase.
  • Correr fuerte y sentirme fuerte y poderoso. Porque corro más rápido y mejor que el yo del mes pasado.
  • Abrazar a los niños, atarle los calcetines entre sí y reírme de sus tonterías.
  • Caminar por la calle con mi familia, y no hablar de encargos, sino de verdaderas confidencias.
  • Aburrrirme, y disfrutar de estar aburrido. Para mí esto es lo más complicado J
  • Motivar, motivar y motivar. Y que mi exceso de energía se transmita como un cable de cobre entre repetidor y repetidor.
  • Crear de la nada, como si fuera el mismísimo Dios. Si por algo quiero que se me recuerde, es por mi capacidad de crear, de innovar, de sorprender.

Porque de las dos caras que tengo, la del deber y la del querer, me quedo con el querer, la que siempre he negado, y me lleva a todo esto que deseo.

Cuando elijes querer, y no elijes tener que hacer, cualquier defecto es una virtud, y sale tu mejor yo, en el trabajo, en tus emociones y en tus relaciones.

Y tu exceso de energía sirve para motivar; tu insistencia sirve para crear nuevas ideas, tu impaciencia te lleva a correr más rápido, o tu  silencio sirve para escucharte.

Cuando elijes querer, y no elijes tener que hacer, tus virtudes se potencian, y sale el yo del que te enamorarías si te lo presentaran.

Y tu creatividad sirve para romper barreras, tu sinceridad abre corazones, tu calidez cura al más enfermo, tu empatía genera vínculos, y tu positivismo hace que los demás sean invencibles.

No tengo ninguna prisa por acabar mis tareas. Ni las que deseo hacer ni las que tengo que hacer. Que me esperen una larga lista de ambas mientras las voy viviendo sin prisa pero sin pausa.

Viajaré, pero la niña me persigue!

Viajare, y me moveré, y seré más rápido que ella. No podré permitirme parar, ya que esta chica es muy insistente.

Siempre la tengo a unos metros de mí, justo detrás, resoplando para seguirme el paso, con la frágil apariencia de sus 14 años. Su mirada baja, penetrante, aunque algo esquiva, siempre se encuentra con mis ojos durante unas décimas de segundo. Pero esas décimas de segundo me paralizan, me bloquean.

Y con gesto postizo de sorpresa pero que casi parece real, me la encuentro siempre que miro a mi espalda. Y con la inocencia perversa de sentirse observada, finge estar a punto de de trastabillar y me dice…”eh! Perdona, que sólo quiero decirte algo!”

Es la caña. Siempre me lía. Nunca me deja que vaya a donde quiero ir, porque de un modo que no acabo de entender, me acaba convenciendo de lo que tengo que no tengo que hacer, de lo que no debo decir o hacer. Es una mandona de la ostia. Seguro que conocéis a alguien similar.

Y viajo, y corro, y salto, y ruedo, pero intenta alcanzarme con sus maniobras, pidiéndome un favor de esos que no puedes negar nunca, haciéndome una pregunta tonta que en teoría se contesta en quince segundos, o sencillamente diciéndome que porque no me tomo ese traguito de agua que tan bien me sentiría. “Te lo has ganado, yo que tú no me esforzaría más por si acaso.”

Pero viajare y correré. Porque comprobaré una cosa: si no me alcanza es que no la necesito, y por tanto me libraré de ella.

Porque si algún día me pilla parado, pensativo, dudando, eligiendo entre varias opciones que no me gustan; sacará su famosa libreta, se sentará en un banco a mi lado, me acariciará el oído derecho, y me susurrara bien cerca todo aquello que quiero oír pero no necesito.

¿sabéis esa famosa voz que ponéis cuando queréis conseguir algo de alguien…?

Me contará sus famosas batallitas donde las noches de primavera eran maravillosas para el terraceo, donde los coches iban siempre con el depósito lleno, se vivía relajado en un sofá viendo películas del espacio exterior, o los exámenes eran una locura pero tenías la idea feliz para sacarlos. Me contará que todo aquello estará, ya llegará; que ella lo traerá por mi. Pero sobre todo no elijas, elijo por ti.

Pero esa no es la realidad, pequeña gran mentirosa. Y cuando me encuentre sólo, medio desnudo, de noche, con frío, sin comida, lloviendo, con un viento de los que pican, y con la rodilla torcida y triste, será cuando aparecerás en mitad de la noche para traerme un caldito bien caliente y una manta, y me querrás llevar a mi humilde pero siempre confortable casita donde estaba antes de que empezara a viajar. Sucia bastarda, como me manipulas.

Lo siento pequeña chantajista, pero no me quedaré a ver amanacer. Tengo planes, y los tengo sin ti. Porque estoy seguro de que amanecerá. Pero no me pillará en este mismo sitio, ni dejaré que me pille conversando contigo.

Correré porque tengo un destino, un lugar, no por huir de ti. Y cuando corra contra la lluvia, hacia ese sitio, no pensaré en ti, sino en cómo estoy disfrutando de no tener ese caldito, de no tener ese calor en los pies debajo de la manta, de que me duela el cuerpo y sienta la humedad en el pecho.

Porque tu chantajista, manipuladora nata, te llamas miedo. Y me has contaminado, y te voy a expulsar, estas nominada!
Y no voy a permitir que me acompañes, aunque estoy seguro que me pillarás desfondado más de una vez. Pero ya no estarás camuflada, ya nos hemos conocido, y me podrás invitar a tomarnos un agua pero te pienso abandonar sin siquiera pagar mi parte.

¿A dónde voy? A ti, niña del inframundo, sí que te lo voy a decir. Porque donde voy no me puedes alcanzar, porque es tan sencillo como que sé el camino, pero me da igual el destino.

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Mi reflexión particular al miedo, a las dudas, a las inseguridades que nos bloquean día a día.

Toca el momento de elegir. ¿Eliges o descartas?

Puedes tener 20, 30, 40, 50 años… pero, ¿Te has planteado cuántas veces has decidido por ti mismo?

Y no me digas que decidiste lo que estudiar, donde trabajar, el piso que vives, la ciudad en la que resides o cuando tuviste aquel niño? Si ni siquiera eres capaz de decidir donde ir a cenar o que ropa comprarte…

Venga, seamos sinceros, ¿cuántas veces decidiste tú y sólo tú?

Y aun habrá muchos que dirán… Sí, sí, ¡yo elegí en todo aquello que dices! ¡Y sigo decidiendo, soy de esos tipos que siempre tienen ideas y son de los primeros en lanzarse a hacer algo!

Vale, venga. ¿cuantas veces de todas las que decidiste en tu vida elegiste la opción más mala?

Lo sabías, era la opción mala, la que no te llevaría por el camino fácil, la que te traería problemas y con mucha, mucha suerte alguna alegría. No, esa opción nunca la elegirías, no estaba en tus planes, y por tanto elegir en base a lo que quieres evitar, no es elegir sino descartar.

Creo que si habéis decidido alguna vez por esa opción “descartable”, sabréis la sensación que se queda en el cuerpo. La mente y el cuerpo se alinean, y sientes que tenías que haber tomado esa decisión hace mucho, justo cuando se presentó. Es probable que incluso te recrimines cómo no haber tomado esa decisión antes, si tanta plenitud te está ofreciendo y tan seguro estás de la decisión. Es como si a medida que pasan los minutos más te reafirmas en la decisión…

Sí, admitamoslo, no pasa nada. Se nos da estupendamente descartar. Descartar porque nos da un miedo atroz esa opción…

Bonita pero arriesgada

Necesaria pero dolorosa

Consecuente pero larga

Intensa pero incierta

Dicen que si pones un pero en cualquier frase, no sirve de nada todo lo anterior. Veamos que pasa si quitamos el pero

Bonita

Necesaria

Consecuente

Intensa

¿Esta chulo, verdad?

Le voy a quitar a mis decisiones ese pero. No voy a pensar en ese pero; está lleno de miedos, de ideas negativas de algo que no existe que sólo te llevan a pensar en descartar más que en elegir.

Y lo mejor de todo, voy a elegir sin pensar en el resultado esperado, sino en la elección en sí misma. Algunas veces elegiré bien y otras me equivocaré, pero tendré esa sensación de justicia, de justicia conmigo mismo.

Esta semana voy a elegir. Y no sé que ocurrirá.

Sé que si elijo yo desde mi centro de operaciones, y está alineado con lo que espero de mi, irá bien.

Con lo cual elijo pensar que es lo correcto.

Os animo a elegir esa opción que os lleva a la felicidad, al encuentro consigo mismos y con nadie más.

A miraros al espejo y deciros que arriesgastéis por vosotros y triunfasteis.

A veros apostando fuerte por vosotros mismos en la ficha 13, cuando ya no os queda ni un chavo.

Yo, relatos infinitos, acepto la apuesta.

El positivismo es positivo?? Hasta las pelotas del positivismo

Hoy he estado leyendo la carta que escribió hace unos días Pau Donés y cómo afrontaba su enfermedad. También había leído en su momento la que escribió Albert Espinosa acerca de como vivía en el hospital, si bien es cierto que él llego a escribir hasta libros del tema.

También me leí en su momento el diario que escribía Viktor Frankl en el campo de concentración.

Esto que escribo tiene que ver acerca de cómo afrontamos las adversidades y el dolor. Con positivismo, con aceptación o con pesimismo.

A algunos les sirve escribir sus pensamientos negativos en negro sobre blanco, expresar lo que sienten, y permitirse un día de “purga” y con eso sueltan todo lo tóxico. Puede que inicialmente sea negativo, pero parece que finalmente consiguen un reset. Otros en cambio prefieren encontrar una razón para dicho sufrimiento, y ven en ello que todo tiene un fin, y que de todo se puede sacar beneficio. Y seguir hacia adelante, siempre hacia adelante.

Soy coach, y hoy estoy hasta las pelotas de sacar lo positivo del sufrimiento. También estoy hasta las mismísimas del mantra de que somos capaces de todo en nuestra vida si nos lo proponemos. Y una mierda! Hoy no me creo lo que aprendí.

Creo que hoy me tocan de esas cartas de echar lo tóxico. No lo suelo hacer, siempre uso metáforas, pero hoy es el día. Puede que haya esperado mucho a escribir esto, tal vez demasiado.

Entre ser positivo y ser negativo, prefiero ser realista. Y si tengo que inclinar la balanza hacia un lado, me gustaría tirar hacia positivo pero controlando mis creencias acerca de mis posibilidades.

Hoy es mi día de purga. Es mi día de persianas bajas, de luz tenue y de edredón hasta la cabeza. Es mi día de fruta y ducha caliente hasta que se acabe el agua. Es mi día de sillón mirando a una televisión apagada.

Es el día de aceptar las cosas, ver el volumen real del agua que tengo en el vaso, y vaciarla para llenar con alguna fresquita y limpia. Hoy es mi día.

Y todo esto para que el positivismo no me susurre al oído oir, y que no me ayuda. Oir que todo se va a arreglar y que todo tiene un fin, sólo retraso mi enfrentamiento. La vida es maravillosa, pero no siempre. Yo no soy infalible, y los sueños a veces son cristales rotos.

Y con este día, y con los que necesite, vaciaré la bilis, y aceptaré que ese camino es positivo porque así lo acepto. No porque las mariconadas de la nueva filosofía positiva así lo dicen. Y entonces seré fuerte.

Interstellar.

¿Has hecho alguna vez lo que no debes?

https://www.flickr.com/photos/noaherlanger/3035825412/

Peonza (Cortesía de Enrique Barreiro, flikr)

¿Has hecho alguna vez lo que no debes?

¿Recuerdas donde dejaste la llave maestra que deja a los demás entender lo que piensas?

Posiblemente encerraste tus pensamientos en una caja fuerte y perdiste la llave queriendo. También es probable que tirases la llave al mar, un día de esos que querías estar sólo. O incluso es probable que usaras una combinación que decidiste olvidar en tus sueños. Esos sueños agradables que te hacen despertar con una sonrisa. O esos sueños agitados que te llevan a olvidar.

Al fin y al cabo decidiste encerrar aquello que era valioso para ti. Y tan valioso era, y tan importante era, que decidiste que nadie más lo viera, ni siquiera lo dejarías ver a ti mismo. Incluso llegaste a olvidar que aquello existía. Tenías miedo de que alguien te los robará o los dañara.

Te encantaría que la peonza nunca dejase de girar, que las nubes estuvieran siempre en el mismo sitio,  que los demás entendieran lo que piensas como si fuera un acto de fe.

Pero luego te enervas cuando la gente no piensa como tú…

¿No te gustaría a veces olvidarte de esos miedos? ¿Quitarte todos esos virus que te hacen ir más lento?? ¿Soltar lastre?  ¿Tirar a la basura esas pesadas cajas de plomo oxidadas?

Hace días me vino a la cabeza una cuestión acerca de cómo actuar en la vida:

¿Hay que hacer lo que se debe o hacer lo que se quiere?

La pregunta no es tan hedonista/laboral como decidir entre placer y trabajo, o entre obligaciones y derechos.

¿Hasta qué punto quieres lo que quieres, y el deber es realmente una obligación?

Todo esto tiene una fácil contestación. No se trata de deber o querer, sino que la clave viene del no deber.

Me explico. Todo el puñetero día estamos intentando hacer lo que nos gusta, lo que nos apetece, siempre que el filtro del deber no nos coarte. Cuando éste nos coarta, puedes ser valiente y seguir adelante, u o bien decidir que el deber te llama. Esto es una batalla constante, que muchas veces ganamos!

Pero para mí la cara dura viene con el no deber. ¿Cuántas cosas has dejado de hacer porque no debías hacerlas? Millones, millones, millones…

Da igual que quisieras o no quisieras, pero si no debías pues vas y no te atreves. Y eso es una mierda.

¿Y quién fija esa prohibición? Tus miedos, esos que dejaste encerrados en esa caja fuerte tan pesada y oxidada.

Yo estoy con una lima cortando la cadena que me une a ellos. Es una lima de mano de esas de juguete, y la cadena es como la del Titanic, pero ahí sigo día y noche dándole…os animo a intentarlo también.

Buenas noches.

Ponte de León, ponte…

Estas en mitad de una sala blanca, y no eres más que punto luminoso en el centro de la habitación. O si eres más de lo que piensan en oscuro, imagínate una habitación totalmente a oscuras, y tú en medio con los ojos abiertos pero sin poder ver nada.

IMG_1902Y ahora viene lo bueno. Puedes darle a un imaginario botón estilo “tragaperras” para darte una forma, una identidad, una apariencia. Vamos a pensar que ese botón no es del estilo “mono con pistolas” sino inteligente, que hace realidad lo que tú quieres.

Podrías ser otra persona, un animal, un objeto, tú mismo de otro modo… lo que quisieras. Pero nada de ir al pasado o al futuro, eso es otra historia. Hablemos de ti.

¿Qué serías? Una araña, un florero, un horno, un cantante de rock, un político, un sacerdote, el malote del grupo, el borracho de la pandilla, el perfecto esposo, el sillón acomodado de tu salita, una culebrilla, una rana, una mariposa..

Hay una tendencia increíble a pensar en animales. Pero animales de esos que aprendes cuando tienes cuatro años en cuadernillos de dibujos, mientras tu madre te hace los ruidos que hacen. ¿Qué curioso, verdad?!

Es como si les atribuyéramos cualidades puras, deseadas, que fueran simples pero a la vez inalcanzables. Sencillo y evidente y a la vez imposible.

Los leones son siempre muy solicitados. Lo mismo pasa con los águilas, con los lobos, con los osos, las hormigas o con los delfines. Tal vez nadie quiera conformarse con menos. No tienen mucho en común, al menos los lobos con las hormigas, pero representan algo que desearíamos ser. Si alguien piensa en un gato desnudo egipcio me quedaré sin habla.

Pero uno no puede lanzar una hipótesis al aire si no la contesta también por su parte. Se me ocurren animales, muchos sin duda; pero me he dado cuenta de que no quiero ser siempre el mismo animal durante el resto de mi vida. Tal vez ahora me toque ser un lobo, cuando anteriormente fui una hormiga obrera.

¡Responde de una vez narrador!

En mi caso a mí me gustaría ser yo mismo mejorado. Mejorado con todo lo que creo que debo mejorar, que ni es la realidad, ni es lo que piensan otros, sino lo que pienso sólo yo. Esa es la esencia a la que me gustaría llegar, a ser yo quien decida sobre ese próximo animalillo. Y que no sea un animalillo de libro a colorear.

Porque de todo lo que estoy hablando es de lo que se espera de nosotros, lo que han elegido por nosotros en este zoo.

Pero… ¿qué sucedería si sólo tuviéramos una oportunidad para ese cambio, y que éste fuera permanente? Ese botoncito mágico sólo funcionando una vez…

Está muy clara la respuesta, no nos liemos. Todo el tiempo deseando ser, deseando hacer, queriendo crecer, queriendo progresar, deseando vivir otras cosas… pero siempre deseamos y deseamos, y queremos y queremos, pero se queda en eso… en tener que hacer sin más.

Lo mejor y lo peor de todo es que ese botón lo tenemos cada día en nuestras manos. Pero nunca lo apretamos, dejamos mejor que lo aprieten otros por nosotros. Con un poco de suerte nos dejan igual que ahora, que para el caso, no se vive tan mal.

Escribimos continuamente el guión de nuestra propia vida, de nuestro entorno, de nuestros éxitos y nuestros fracasos. Y lo hacemos siendo unos actores increíbles, de los de Oscar.

¿Hasta qué punto vivimos un esquema ya escrito, convenciéndonos de nuestras verdades para hacerlas realidad? ¿Nunca habéis recordado el día anterior y os habéis dado cuenta de que ha sido un día normal, predecible, típico de vosotros?

Es más…, a veces, al recordar una situación, ¿no os da la sensación de que adornáis vuestros recuerdos con detalles que posiblemente nunca ocurrieron pero representan la idea que tenéis de vosotros mismos? ¿No os recordáis inventando una situación? ¿Pero… realmente estuvisteis allí en ese recuerdo o estuvo alguien que os suplantó?

¿Alguna vez habéis tenido la sensación de que vuestra mente no estaba donde estabais sentado en una conversación? ¿os observasteis? Llamadme raro, a veces mi cuerpo y mi mente se han observado pero cada uno ha seguido su camino.

Para acabar…dejemos de lado las personas. ¿Qué tipo de persona sería el canario del vecino que canta durante toooodo el día? ¿Sería extrovertido el gato que pasa horas y horas en tus piernas ronroneando? ¿Todos los árboles tendrían el mismo carácter? ¿Las hormigas serían tan trabajadoras como parecen? ¿Y qué me dices del coche que te lleva todos los días de un sitio a otro? ¿Sería un deportista empedernido amante de las motos? ¿Crees que serían mejor o peor persona que tú? ¿Te gustaría tenerlos como amigos?

Seguro que has pensado ya en tu cabeza como sería cada cosa que te rodea. Y así lo creas, así lo enseñas y lo transmites. Y así serán. Dejemos que los perros se conviertan en personas y nos enseñen cómo son las personas de verdad. Seguramente ellos tendrán una idea de qué tipo de persona desearían ser.

PD. Nadie me patrocina. Me ha gustado la foto sin más

Mañana acaba el verano.

 

IMG_1301Sí, es oficial, mañana es Septiembre. Y hoy acaba Agosto con una gran tormenta en muchas zonas de España.

Es curioso, pero ya no puedo contar con los dedos de las manos las veces que ha habido una gran tormenta cuando no me gusta lo que está por venir, o cuando algo malo ya ha ocurrido.  Voy a empezar a odiar las tormentas. Y las tormentas son de verano casi siempre.

Tengo grabados en la mente aquellos momentos duros, difíciles, que se me quedaron para siempre en mi memoria para largo plazo. Siempre fueron especialmente intensos días oscuros, fríos, ventosos y lluviosos, con truenos si tocaba por las fechas.  Sólo recuerdo una sola vez, una no más, en la que el calor asfixiante y el sol de justicia se apodero de la situación. Dicen que soy muy kinestésico, y leyéndome me doy cuenta de que es verdad (ala, a buscarlo toca).

Tal vez seamos muy racionales e intentemos dar explicación a todo, o tal vez nos consideramos el centro del universo y pensamos que todo gira en nuestro centro. El caso es que siempre conseguimos encontrar una razón supersticiosa a todo lo que nos rodea. Todo tiene justificación, una razón por la que ocurrió. Y no nos damos cuenta de que lo bonito es que todo ocurra y nosotros sólo lo observemos.

Hoy hace un día gris, que quede claro. Mañana empieza de nuevo el cole para muchos o todos. Es el mes de los nuevos comienzos, de las nuevas intenciones, de las nuevas ilusiones. ¡Yo creo que el año nuevo debería ser el 1 de Septiembre! Algunos le llaman el síndrome postvacacional, otros lo ven como un momento de postreflexión asociado al tiempo libre de las vacaciones, pero lo que está claro es que Septiembre es un mes de cambio, de cosas nuevas.

Yo este verano he intentado hacer el experimento de no coger vacaciones. El experimento ha sido bastante interesante. La gente iba y venía, y cada semana recibía personas con la cara llena de relajación y felicidad por su descanso, pero también me despedía de gente con la ilusión intacta a punto de zarpar. Eran como civilizaciones independientes que se acercaban a visitar la isla de indígenas en la que me encontraba (porque el verano si entiende de algo, es de indígenas). Os aconsejo que os fijáis en vuestros amigos y familiares. Dan ganas de hacer fotos antes y después. Toda esa oleada de entusiasmo es realmente un soplo de energía positiva. Casi más que el haberse ido. A veces el mejor cambio es no cambiar.

Y ahora llega Septiembre. Otoño, las horas de oscuridad, el frío, el viento, la rutina, la calefacción, la hibernación… y no me gusta el Otoño, y menos el invierno. Me gusta pasar el invierno como el niño que cruza la piscina buceando, como entrar a ese baño apestoso del que sales corriendo sin respirar, o como ese examen infernal de coche. Sin respirar.

No me gusta la vuelta de Septiembre. Cuando era pequeño tenía esa sensación de que todo es demasiado bonito para ser verdad. Es como ir con la bicicleta demasiado deprisa por una bajada, y disfrutar de todo aquello pero tener en la cabeza que justo en ese momento va a venir la gran caída. Septiembre.

El verano que se muere, asesinado a manos del otoño. La oscuridad se va a apoderando del ambiente, en un pulso constante con la luz, y los…

Aun sé lo que hicisteis el último verano, piensa el otoño.

Me estoy haciendo el firme propósito de pararme a respirar cada día. La vida no dura los 25-30 días de vacaciones. Ni siquiera la vida dura sólo los fines de semana. Estamos rodeados de luz, de cosas maravillosas, pero decidimos convertir Septiembre en nuestra carga. ¿Por qué le tenemos tanta manía al post-verano? Si al fin y al cabo las tormentas son de verano…

Ya no recuerdo por qué empecé a escribir. ¡Ah sí! Porque el cielo estaba gris y llovía. Creo que ya ha salido el sol, aprovechemos lo que nos regalan los segundos de vida (siempre serán segundos) que nos quedan aquí.

Coge una silla, siéntate, relájate, y aprende de los errores en la película que es tu vida, y ríete a carcajadas cuando disfrutes de tus grandes momentos estelares. Podrás sobreactuar, podrás tener un papel estelar, un papel minúsculo, pero sobre todo disfruta de la película que ves, ya que la has producido tú mismo. Sea invierno o verano.

 

 

 

 

¿Jugabas de pequeño con las manos locas?

https://www.flickr.com/photos/sucotronic/3732103764/in/photolist-5FsW8a-6FN1qC

(Cortesía de Felix, Flickr)

Todos tenemos un rincón, un lugar, una zona a la cual íbamos mucho de pequeños. Algunos recordarán un pueblo, con aquellas calurosas e interminables tardes de verano; otros recordarán el parque, donde jugaban con amigos vecinos de la zona (a esos mismos amigos que ya no saludas porque te preguntas de que vas a hablar ahora…), otros donde solían entrenar cuando para ellos el baloncesto era su única pasión, y también habrá aquellos que recuerdan cómo perdían el tiempo en aquella tapia mirando al horizonte y trazando sus planes para cuando fueran mayores…

Pero si eras de esos bichos raros que no abandonaste los sitios a los que ibas de pequeño, también tengo algo para ti. Seguro que hay ciertas cosas que usabas mucho en aquella época y que ya no usas. Se te quedaron pequeñas, se te estropearon, o ya no era tan guay usarlas o incluso decir que las tenías. Eso es, hablamos de esa bicicleta que hasta incluso reparabas cuando se pinchaba, de ese juego de mesa que no tenía nada pero lo tenía todo a la vez, de esas revistas que había que guardar perfectamente planchaditas porque traían los secretos de la felicidad…

(Cortesía de Dace:), fuente Flickr)

(Cortesía de Dace:), fuente Flickr)

Bueno, creo que ya nos hemos centrado. Hablamos de todo aquello que os hacía feliz, y que sin saberlo, de la noche a la mañana, os dejo de interesar.

¿Habéis pensado alguna vez cuando ocurrió todo aquello? Os podéis decir que no recordáis si un día concreto, o fue la suma de muchos, pero sé la triste verdad. Hubo un día, en un momento determinado, justo cuando otra cosa estaba ocurriendo alrededor vuestro, que decidisteis que aquello, que ese lugar, que aquel amigo de largas tardes, ya no decía nada de vosotros.

No lo pensamos mucho, sucedió y ya está. Y por mucho que lo reflexionemos, miramos y retiramos la mirada. No hay nada que hacer con respecto a aquello. Qué grandes adultos…

Y ahora que tenemos tiempo para cambiar lo presente…¿Cuáles son vuestros actuales juguetes abandonados? ¿Vuestros lugares a los cuales el año que viene no volveréis porque ya no os dicen nada? ¿Dónde se quedaron aquellos bares que tanto os gustaba ir? ¿O aquellas conversaciones que tanto os llenaban o aportaban? ¿Ya no hacen gracia todas aquellas payasadas que os hacía brillar los ojos?

 

Aquellos juguetes abandonados fueron reemplazados por otros juguetes.

Vuestros amigos íntimos se desgastaron antes de tiempo.

Los padres pasaron a ser mayores,  propiedad privada para uso y explotación de los hijos (que no disfrute)

Las relaciones amorosas murieron cuando las lluvias habían mantenido el campo fértil.

 

No parece que dependa de lo que tengamos. Sea mucho o poco, éste será el ritual. Desde el que relata, tal vez el problema sea el verbo: “tener”. Nosotros no deberíamos tener, deberíamos amar. Y amar no se basa en posesiones, se basa en otros valores.

Dije un día que no daría lecciones, pero sí que daría relatos, reflexiones, mensajes. Estos mensajes me los debería aplicar día a día, y no dejarlos escritos sin más.

A veces abandonamos juguetes, y a veces somos juguetes abandonados. Mi mensaje no es acerca de cuándo te abandonan, sino es para amar y no abandonar nunca jamás.

Esa frase que no te atreviste a decir, eso que deseaste hacer pero que pensaste que era tarde, esa llamada que te habría gustado hacer, ese favor que realmente sí que estabas dispuesto a hacer, esa sonrisa que te negabas en aquellos chistes, esa conversación que eludiste continuamente…. Ese, esa, ese. Ese/a eres tú.

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