Archivo de la categoría: Relatos

Apaga tu oscuridad, enciende tu aventura

Salí a correr de noche. El vendaval agitaba los árboles y les arrancaba las hojas como si fueran mechones de su pelo. Cuando no era de día, aquel camino me paralizaba, me obligaba a parar, a dar la vuelta y no atravesarlo. Decidía retroceder cuando tras mis pasos no veía el horizonte ni la tierra donde pisaba.

Aquel día, un día de esos donde el viento acalla el silencio, donde correr a favor o en contra de aquel ruido era la diferencia entre estar sólo o acompañado, me adelantó una niña de no más de doce años como un proyectil.

Por delante de sus pasos, se encendían halos azules, verdes, naranjas, púrpuras. Cada minúsculo paso generaba un color luminoso en su vanguardia.

Decidí seguirla, me reté a seguir su alocado y divertido ritmo. A escasos metros alrededor de ella se desplegaban un arcoíris de luces y destellos, que dotaban al camino de una calidez que llenaba cada metro, que lo mostraban como en primavera y lo dibujaban lleno de vida y movimiento. Sin embargo, volví la vista hacia atrás y seguí viendo oscuridad. Más negra que nunca porque me había cegado la luz que tenía por delante.

La oscuridad apaga el firmamento, y sin embargo enfrentarse a ella genera tanto vida y luminosidad que hace que los lugares inaccesibles se conviertan en descubrimientos. Apaga tu oscuridad, enciende tu aventura.

Anuncios

La vida secreta de Gualter Miti

Siempre con frío en los pies. Da igual que pongan cortinas de aire, que pongan dos puertas, o que sencillamente me den más ropa de trabajo. Estar aquí parada durante ocho horas, medio sentada, medio de pie, me deja las extremidades de mi cuerpo anquilosadas y adormecidas.

El peor mes  para el frío es diciembre, con la Navidad  siempre dura para los trabajos de cara al público. Una más que paso de cajera, donde veo a los mismos de siempre. Diferentes caras, diferentes nombres, pero la misma rutina, las mismas costumbres, las mismas mentiras.

Están los que para cuando llega Navidad quieren perdonar y remendar sus relaciones familiares y compran y compran como si su felicidad dependiera de los dígitos de su ticket. Están también los encorvados y consumidos ancianos, que fruto de su viudedad y pensión, sólo compran comida congelada, una barra de pan y a veces una botella de vino. Están también esos señores y señoras de mediana edad que, a partir de no hablar en casa,  cotorrean y cotorrean cuando pasan por caja. He visto tanto y he tenido que ver tanto que no quería…

Siempre me digo que lo quiero dejar, pero luego me digo mil excusas para no dejarlo. Dónde voy a ir yo, con mis 56 años, sin estudios, y con lo que necesitamos el dinero. Si Antonio ganara un poquito más, yo a lo mejor me animaría a buscarme otra cosa sin prisa, pero entre que estoy ya vieja, y que hemos conseguido que los dos niños  entren en la Universidad, ahora cualquiera se plantea lanzarse a la aventura. Y digo niños, pero Isabel ya tiene veinticuatro años y ya se ha puesto con el master, y Adrián tiene veintidós y mucha vida vivida presiento.

Mientras paso y paso artículos por el código de barras, me doy cuenta de que ya estoy muy lenta. Esa chiquita mulata que entró hace tres semanas ya conoce mucho mejor este Eroski que yo, y cierra dos bolsas de la compra mientras yo justo estoy poniendo la tarjeta de puntos al primer cliente.

Cómo odio las mil promociones, las infinitas tarjetas, descuentos, 3×2, puntos que acumulas, regalos por tantos euros de compra… No me entero de nada. Menos mal que el jefe me tiene cariño por ser mayor, porque ya me han dicho tantas veces que lo hago mal que he terminado por creérmelo.  Y ya no hablemos de trabajar los domingos. Antes aún ponía Noche de Fiesta  los sábados y me quedaba dormidita con el mando en la mano y los pies en alto. Era el mejor momento de toda la semana. Cuando me despertaba me metía en la cama con Antonio y me dejaba hacer. Pero, ahora, corre que te corre que mañana vuelta a empezar. ¡Si cuando me voy los domingos no han llegado ni mis hijos de fiesta!

Y hoy lunes, lunes veintiseis. Después de la resaca de la Nochebuena y de la Navidad. ¡Dos días de medio descanso! Digo medio porque además de trabajar me he encargado, cómo no, de la dichosa cenita y de la no corta comida. Porque a todos les gusta quejarse de que hay mucha comida, o de que todo está riquísimo, pero luego ayudarme, lo justo.

Lo mejor del día de ayer  fue la película que echaban después de comer y que vimos todos juntos entre siesta y siesta. La vida secreta de Gualter Miti  o como leches se escriba. Ya me corrigió mi hija varias veces ayer para que lo dijera bien, pero mi pobre angelito no se da cuenta de que soy limitada. Era tan parado el chaval y tan tímido que me cuesta creer lo que hace. Se coge el maletín, se compra los primeros billetes de avión y de ahí ya no para. Y no se le ocurre hacer una previsión de la ropa que necesitaría, ni avisar a su familia de que se iba, ni mirar a ver si le quedan días de vacaciones…

Yo no podría hacer eso. Debería avisar con un mínimo de dos meses a mi encargado, mirar qué ropa y, claro, cómo me voy a ir sola. Qué pensarían de mí, que diría la gente del barrio… ¡Pero me habría gustado tanto ser como ese fotógrafo! Coger una dirección, olvidarme de lo que piensen otros y de lo que me espera, y vivir cosas por mí misma, sola y a la aventura.

En su momento no fui capaz del salirme del camino marcado. Me era muy fácil aceptar la seguridad que me ofrecía la vida a mis veintitantos. Trabajo para poder tener mi propia casita, coche y comida. Un hombre que me quería, aunque ya sabía que era algo clásico, y una familia que me empujaba a seguir por aquella senda.

Pero tengo que reconocer que Gualter Miti  me ha hecho reflexionar. O puede que sólo necesitara una excusa. Esta Navidad ha sido silenciosa, más silenciosa de lo normal. Y aunque todos sabíamos la razón, ninguno quiso expresar lo que sentía. A veces las palabras son más duras que el silencio. A veces cuesta más hablar que intentar no respirar.

Isabel hacía ya meses que tenía mucha fiebre. Sudaba sin parar por la noche y nunca tenía hambre. Pero no le di mucha importancia porque ella siempre había sido menuda y frágil. Sin embargo cuando ya nunca quería salir de casa, con lo alegre que siempre ha sido ella, nos temimos que algo podía suceder. Y yo pensé que los desamores no daban fiebre. Así que fuimos al médico, y se nos cayó el mundo al suelo. Tenía leucemia aguda. Con sólo veinticuatro años, era igual de bella pero también de frágil que una muñequita de porcelana.

Las primeras semanas fueron terribles ya que aparecieron todos los miedos a perderla. A perder la alegría de la casa, la estrella polar para nuestras sonrisas. Pero Isabel siempre ha sido una luchadora. A veces cuando vuelve destrozada del tratamiento me sorprende diciéndome que no quiere que me preocupe por ella, que ya tengo bastante con lo mío, y que me dedique a descansar. Y esos días juro que la amo tanto que siento que me amo de nuevo a mí misma. Ser de mí ser, algo nacido de mi vientre, que me recuerda a mi juventud, a mi energía y disposición.

Estas Navidades han sido quietas. Pero puede que fuera esa ruidosa quietud lo que necesitaba. Lo que nunca me permití cuando era como tan joven como Isabel, y que tanto se necesita para que lo aparente se haga visible. Algo me está pasando en mi mente.  Y mientras paso códigos de barras, algo se ha anidado en mí para nunca irse. Ha encajado como si fuera una película que ya tiene sentido.

Y lo hago por mí, y lo hago por ella. Lo he decidido. En cuanto llegue a casa le voy a decir a Isabel que nos vamos a donde ella siempre decía que iría de mayor. Y yo siempre le miraba con juicio y le preguntaba qué se le había perdido en Madagascar. Iremos, el tiempo que necesitemos ambas. Para entender qué se nos ha perdido allí. Y que los dos hombres de la casa se busquen la vida.

Estoy radiante, estoy eufórica. Ahora sí que voy más rápido que esa latina. Estoy deseando entrar por la puerta de la habitación de Isabel y que el aire fresco entre y salga para llevarnos hacia allí. Me siento joven, me siento viva. Más viva que antes de la leucemia de mi pequeña parte de mí. Más viva de lo que nunca me he sentido.

Los árboles dormidos

Víctor era el pequeño. Estaba rodeado de sus cuatro hermanas maternales, una madre necesitada de amor, y una abuela que había mal soñado desde que nació.

Desde bien enano, y en su ya pasada adolescencia, tenía un aspecto dormido, ensoñado. Movía su afilado cuerpo como un mecanismo metálico de huesos y nudos. No tenía prisa por llegar, ni aburrimiento por acabar, ya que su vida era silenciosa, tranquila y predecible.

Cada mañana, cada semana, cada mes y cada año, el mundo se dibujaba, se construía y se modificaba a sus pies por las manos femeninas que tanto le querían. Masticaban por él, lloraban por él, aprendían por él, se emocionaban por él y hasta amaban por él. Víctor era tan perfecto que el mundo que le rodeaba debía bosquejarse cálido y suave para que sus emociones fuesen continuamente positivas.

La guerra estalló un día de esos que huelen a frío y son ásperos a la cara como una lija. De esos que duelen al respirar, y que transcurren entre el amanecer y el anochecer casi sin transición.

A partir de ese momento lo encerraron en una suerte de habitación. Había sido un baño en el pasado, pero abriendo una pequeña abertura de ventilación lo habían convertido en una despensa-habitación. Tenía el espacio justo para tumbarse, y sólo le permitían asomarse en las comidas o cuando ya no aguantaba más y necesitaba ir al baño. Allí pasó varias semanas, incluso meses.

Pero aquel fino y desgarbado chaval fue citado a la guerra, lo reclamaba. La muerte no se agota, no descansa, no se relaja. Necesita combustible que alimente una historia que nadie sabe parar.

Un día, mientras todas dormían, vinieron a por él. Lo arrancaron de sus sábanas, y lo arrastraron desde los pies, mientras su cara se golpeaba contra el borde de la cama y se congestionaba, vencida por las náuseas y el mareo. En ese momento sintió como la rigidez muscular se tendía por su nuca y empezó a percibir lo que ocurría.

Lo transportaron en un camión junto con los otros. Con el paso de los minutos su estómago empezó a anudarse presa de una ansiedad que le paralizaba los pulmones y que le aceleraba el corazón. Vomitó varias veces y no paró de llorar, de gritar, de sollozar, hasta quedarse afónico, seco, silencioso y rendido.

Recibió el fusil, el traje, los zapatos desgastados y el petate de un muerto. La camisa tenía una sospechosa oscura mancha pastosa en la solapa que recordaba el destino.

Los días pasaron, y se acostumbró a seguir a todo aquel que pareciera seguro de sí mismo y tuviera claro qué hacer. Les seguía en la corta distancia, como un perro huidizo y abandonado buscando comida. El terror le superaba, no le dejaba ni pensar ni recordar, pero también le llevaba a la acción que tanto necesitaba.

La noche era demasiado oscura para que pudiera dormir. Temía soñar para nunca más despertar, ser víctima de una sorpresa y no poder controlar lo que pasara. Estuvo más de dos semanas sin dormir.

Una noche, mientras vigilaba en todas las direcciones y se movía nerviosamente allá donde pudiera parecer seguro, le trajeron de vuelta a casa.

Una bala, perdida y huidiza, juez y testigo, salió presa del temor y llegó a destino. Y se lo llevó. Su estrecho tronco ni lo sintió. Le invadió una profunda calma, y sus músculos se relajaron como si se diera un baño de agua caliente. Sus ojos empezaron a pesar y noto el cansancio que precede a un profundo sueño. En ese estado entre el sueño y el desvelo, aparecieron ante él sus tres hermanas, su madre y su querida yaya. Le traían su paz perdida, su monotonía y su certeza. Y Víctor decidió dormir, feliz por volver a su conocido hogar.

Hijo, nieto, hermano, pero no individuo, durmió como tantos otros en aquellos días. Y durmió presa de un hijo, hermano y nieto impersonal y febril tan perdido como se encontraba aquel flaco y desnutrido pequeño diablo. Falleció por culpa de un miedo atenazante. Por el horror de sentir a tus pies a alguien despierto y nervioso, alguien que podría parecer un enemigo peligroso y valeroso, con oscuras y malévolas intenciones.

La sociedad que permite la guerra genera paces inexistentes para poder justificar el ardor de la guerra. Y aquella criatura, como todos los seres impersonales que cayeron entonces, pasó por la vida como si fuera un gran sueño. Donde nada es real, ni nada es mentira.

Porque los padres, abuelos y hermanos, entregan y se entregan a una vida prestada, pactada y pronosticada. Donde ni se vive ni se muere, sino que se sueña que se vive hasta que se muere para soñar.IMG_3908.jpg

 

El para qué de las cosas

Me observabas continuamente mientras estudiaba. Me mirabas con la mirada cariñosa y cercana de un perro viejo tirado a la sombra en el más absoluto de los veranos.

Un día, acostumbrado y agradecido por tu presencia, te pregunte que para qué estudiaba yo tanto. Yo no tenía la respuesta por mucho que la buscase.

Desde mis doce años, hasta nuestros treinta años, tú nunca escatimaste en respuestas.

  • ¿Para qué quieres a tus padres?
  • ¿Para qué tienes novio o novia?
  • ¿Para qué trabajas?
  • ¿Para qué tienes hijos?
  • ¿Para qué construyes un hogar?
  • La mayor parte de los para ques que no tienen respuesta son los que dan sentido a nuestra vida. Y sin embargo no tienen respuesta.
  • Y sin embargo guían tu vida.
  • Tu vida no la guía la razón. La guían las emociones, los sentimientos, la motivación. Todo lo que puedas explicar será un artificio de tu mente.
  • Estudia o no estudia, pero ama lo que haces.IMG_3715.jpg

Me conociste cuando tenía doce años.

Te conocí cuando me encontré en la treintena.

Me encontraste con las rodillas ensangrentadas, los ojos llenos de frustración y el cuerpo tembloroso. Quería ser el más rápido bajando con la bici aquella ladera, y me enfilé con la pasión y la locura que le ponía a todo lo que etiquetaba como retos.

Me miraste, y me viste. Me viste sin juicio, solo con amor.

No me preguntaste si me dolía, ya que sentiste que quería ser fuerte.

No me dijiste si necesitaba ayuda, ya que sentiste que quería valerme por mi mismo.

Pero me confesaste aquello que convierte en vencedores a los perdedores, lo que lleva a ganar aquellos que les da igual el resultado.

  • Aquellos que nunca caen, nunca sabrán por donde pudieron arriesgar más, por donde experimentar más.
  • Los que no se golpean, son los que realmente temen el golpe que no conocen y anticipan.
  • Los que besan el suelo aprenden a saborear los momentos en los que fallan.
  • Los que no caen, piensan que ese camino siempre es el correcto y olvidan que una vez aprendieron por ese camino para luego nunca más buscar otro.
  • Sé creativo, prueba, arriesga, cáete y vuelve a ajustar. No te tomes tan en serio, no te tomes nada en serio.
  • Tú no eres la caída, ni siquiera eres el que llega sano y salvo. Eres el camino, y lo que haces entre tanto.

El niño que llevamos dentro en cada caída

La gemela que creció en una ostra

Alessia nació en la suave y aterciopelada arena del Pacífico. Rodeada de cangrejos, anemonas, corales, de ostras….Giulia le siguió en orden de aparición. Eran gemelas, y eran iguales y  distintas.

Alessia y Guilia nacieron cuando desearon nacer, y con la edad que deseaban tener. Tenían 4 años, eran visibles sólo cuando querían, y eran sobre todo aventureras. Querían conocer lo que había encima de la arena, lo que había debajo, y lo que se veía al fondo entre las algas y los corales. Nacieron y se asomaron al mundo con las ansias de descubrirlo, con el antojo de beberlo, y con la ignorancia de desear cambiarlo.

Una ostra, consciente de que los peligros del mar eran muchos y muy variados, les ofreció cobijo en su caparazón. Un confortable y sólido resguardo de los ruidos y peligros del mar y del mal.

Al principio la ostra les daba comida cuidadosamente filtrada del agua del mar, les protegía de la luz que venía de la superficie, y su siempre dura concha las mecía en los duros días de tormenta. Pero esa paz duró poco.

Desde el primer momento no encontraron el mismo acomodo en el caparazón de aquella ostra. Guilia no se sentía bella con el nacar que le había regalado aquel molusco, ni sentía que pudiera vivir condenada a la comodidad de no hacer nada. Alessia en cambio era presumida y se sentía hagalada y cómoda con el intenso amor de aquella ostra.

Guilia decidió marcharse una tarde de invierno. Abrió la concha y descubrió que todo lo que le rodeaba era oscuridad. Pero decidió que la oscuridad era una opción, y se desprendió de su nácar y abandonó a la dura pero frágil ostra. No se despidió, si bien decidió que siempre amaría a aquella ostra y a Alessia.

Alessia, por su parte, se acomodó con mayor goce y placer en aquel cobijo. Condenada a vivir plácidamente en aquel resistente y predecible cascarón, el nácar que le cubría se fue haciendo más y más espeso, cada vez más y más bonito. Hasta que Alessia desapareció, y se convirtió en una brillante perla amarilla.

Alessia eligió. Y se autodesterró hacia una nueva forma, un nuevo destino donde no había ni vida ni muerte. Inerte, bella y permanente en el tiempo. Segura y aislada.

Pasado un tiempo desde que Guilia se fuera, se decidió a ir a buscar a su diferente pero siempre amada hermana. Para entonces Guilia ya había aprendido a perderse, y a encontrar el camino, había probado comidas asquerosas pero también sabores inimaginables, y había coleccionado muchas perlas de sus viajes por el oceáno. Le encantaban las perlas, de todos los colores y texturas, regulares o bastas. Le daba igual , las perlas le recordaban el camino hecho.

Para Guilia nada era permanente, salvo el cambio. Todo podía cambiar, todo merecía ser intentado y fallado. Y aunque no se despidió de Alessia, siempre sintió el mayor de los amores por ella.

Pero nunca la encontró. Nunca dejo de buscarla, y de recoger perlas en su camino.

Alessia y Guilia, dos perlas, dos niñas, dos seres que fueron uno y dos a la vez.

 

En los trenes son para el verano

No soy perfecto. Ni son perfectos los que me rodean. Ni deben ser perfectos, ni lo debo ser yo.

Pero me empeño día a día, y me doy contra el muro de la insatisfacción que genera negarme a mí mismo lo anterior.

La estrategia más recurrente para ocultarme la insoportable sensación de no alcanzar la cuadratura del círculo se basa en hacer rebosar el día de reconfortantes sprints. Y sólo cuando llego a esas pequeñas metas, cuando descanso esos microsegundos entre carrera y carrera, es cuando descubro que he estado burlando y esquivando mis miedos y pensamientos. Y es de ser aberrantemente amnésico, un ser que conserva su memoria durante treinta segundos y la pierde, que se da cuenta que no recuerda cómo llego allí y para qué, pero sí que siente que debería saberlo.

Y por ese motivo no me suelen gustar las vacaciones. Son esos (estos) momentos de tren, de pre siesta, de tarde de pájaros y coches pasando, o de largos desayunos, donde no hago literamente nada, y donde precisamente ya no tengo nada que decir, ni que mirar. Son esos momentos donde los ojos huyen del contacto y donde los pensamientos te llevan, pero donde no recuerdas su origen ni existe conclusión aparente. Son los obligados cumplimientos de nada más que no cumplir.

¿Sois capaces de mirar a los ojos a todas las personas? ¿qué deudas tenéis pendientes con aquellos a quién no miráis? ¿o son deudas propias? No voy a ser un latiguero y no diré que somos unos cobardes, pero de paso ya lo he dicho.

Te puedes sentir tan acompañado, y a la vez tan sólo, que sientes que hasta te abandonaste en algún momento que ni siquiera recuerdas. Como si el camino de regreso fueran tan largo que estas esperando que haya un camino circular que te lleve al origen. Que te lleve, no ir tú, esa es la clave.

Y en esa dualidad de descanso solitario y de ganador de batallas inventadas, oscilo y oscilamos como péndulos en la búsqueda de un equilibrio que no encuentran por no parar de moverse y moverse. Justo en la cima de esa perfección, te asomas a hombros de gigantes y descubres que ese no era el camino, para justo irse al extremo contrario, alejándote temerosamente y súbitamente de aquella sensación de fallo y perdida

Y viniendo y yendo, y nunca parando, pasa el tiempo, las personas, y tu alrededor, haciendo de lo que te rodea y de ti mismo una imitación más vieja y marchita. Donde las vacaciones suponían un descanso, se convierten en una reflexión crítica y voraz, y donde los retos suponían fuentes inagotables de motivación, ahora hay cansancio y rutina.

Párenme que me bajo. Creo que ya me he demostrado suficiente. Y si el juez inquisidor necesita algo más de mí, que me encuentre perdido en la mitad de las montañas. Y espero encontrarme allí con mi libro, mi(s) pluma(s), un pantalón viejo y extra cómodo, y mis atardeceres.

Y sirva esta reflexión para mí, para eliminarme la amnesia, para recordarme que no llegué hasta aquí para coleccionar trofeos de trabajo y humildad, ni que nadie me dará una palmadita por seguir ese camino. Para recordarme que hasta aquí han llegado los sprints alabanzadores, y hasta aquí los “por lo menos hasta esto debo llegar”. Y sirva también para recordarme que dé igual como quede este texto, ya que no busco ni palmaditas ni retroalimentación.

Sólo no juzgar, respetar, querer y amar. Y vivir en la plenitud de la imperfección, donde ni yo, ni tú, ni nosotros ni vosotros somos perfectos, y es precisamente ahí donde reside la perfección.

Buenas noches.

39 grados

39 grados. Estos casi 40 grados cogen una nueva dimensión cuando los sudas de cerca. Los 100 grados para precalentar un horno ya no son minucias y las nuevas tendencias de cocinar a bajas temperaturas de alrededor de 60 grados nos parecen una auténtica fundición de hueso y piel…

Cuando era pequeño (bueno, reconozcámoslo, hasta hace poco), me preguntaba si se podría almacenar el calor del verano para el invierno y viceversa. Soñaba con un mundo que cogía lo que la naturaleza la ofrecía. Si lo hemos hecho con el viento… ¿Por qué no?

Y este derroche de energía tiene una única ventaja. Y no es que llevemos menos ropa por la calle, sino en casa. Si alguien me espía con una cámara térmica, mientras deambulo acompañado de sólo los calzoncillos más viejos y feos que tengo, es difícil que sean capaces de distinguir el pasillo de mi cuerpo. Pero por si acaso, sólo por si alguien espía este cuerpo esculpido por el deporte y la salud, creo que la estrategia es moverse lo menos posible.

Es por ello que he decidido cogerme la mochila, y llenarla con víveres que se traducen en un portátil con su correspondiente cargador, y lanzarme a las lavas volcánicas en las que se encuentran convertidas las baldosas de mi calle.

Y aquí me encuentro, en el café Nolasco, rodeado de cinco perdidos, mientras miro a los árboles de la plaza San Pedro Nolasco, que dicho sea de paso, si pudieran tener patitas, hace rato habrían desaparecido de mi vista.

Guardo tan buenos recuerdos tanto del lugar en el que me encuentro como de la plaza a la que pertenece. El café Nolasco, además de ser mil y un negocios previamente, en su origen fue un almacén de productos de regalo. Hace muchos años existían muchas tiendas de este estilo. Eran tiendas donde podías encontrar un sinfín de curiosidades, o podías comprar regalos en teoría “útiles”, además de los clásicos perfumes, carteras, cremas o cachivaches más clásicos. Y en la parte del sótano estaba lo que para mí era lo más parecido al armario de Narnia. Las escaleras para bajar al sótano eran de madera desgastada, y la luz que te acompañaba era de esas que parecen que están apagadas pero no. El contraste con la zona principal eran evidentes, pero los tesoros están abajo, bien abajo. Donde no todo el mundo puede disfrutarlo. Y eso es una ventaja para los que no nos quedamos con lo que brilla.

El sótano era una juguetería, llena de cosas que no había en ninguna otra juguetería. Deduje con el paso de los años que era lo que se llama ahora un outlet. Tenía un mostrador de madera desgastado, y la señora que nos atendía era una mujer mayor bien arreglada y habladora. También años más tarde descubrí que era mi tía abuela. Porque en mi familia, lo que es hablar, hablar, no falta. Y a mí por desgracia se saltaron esa virtud. Esto deben ser las típicas cosas que se saltan alguna generación.

Nunca sabías lo que ibas a encontrar en ese escondite mal iluminado, y por supuesto nunca encontrabas lo que buscabas ni nadie tendría lo que tú conseguías en ese lugar. Ese lugar era mágico. Recuerdo esa ilusión, esos nervios por llegar a la tienda, esa incertidumbre que me reconcomía, con una profunda envidia.

Porque la vida nos elimina la novedad, la sorpresa y la ingenuidad. Y la búsqueda de los planes planeados, de los tiempos programados, y del éxito sólo nos lleva a perder el cosquilleo de las intenciones puras y desconocidas. Tal vez deberíamos tener amnesia de nuestra memoria episódica año a año. Y cuando llegue el año nuevo le hacemos un hard reset a nuestros recuerdos y felices para siempre. Si me dejan sentir que quiero a los que quiero, si se mantienen mis emociones, mi inteligencia y mis pensamientos puros, ¿para qué necesito recordar aquello que manipulo continuamente en mi memoria en mi contra?

Deseo encontrar lo inesperado, que no buscarlo. Anhelo que me sorprenda mi vida, y que me descoloque mi actitud hacia mí mismo. Porque cuando era niño, y llegaba a ese almacén, sin saber que iba a hacia él, nunca sabía para qué iba, qué ocurriría ni para qué. Y amaba tanto entrar como salir.

No es casualidad que haya llegado hoy al Café Nolasco. No lo tenía en mis intenciones, pero mis pasos me han llevado hasta aquí. No es casualidad que me esté tomando un tinto de verano en un caluroso Julio cuando planeo mi próxima vida. Ni es casualidad que me acompañe música de moderneo en estas líneas en el ocaso de la semana.

Estoy pactando mi reconciliación con mis anhelos. Estoy firmando mi renuncia a la política de austeridad y crecimiento. Me declaro en huelga sin reivindicaciones concretas.

Me sentaré en la parte de arriba de Nolasco mientras dejo que el niño suba y me cuente a donde debemos ir.

 

Que prosigue el poderoso drama, y que puedes contribuir con un verso

¡Oh, mi yo! ¡oh, vida! de sus preguntas que vuelven,Del desfile interminable de los desleales, de las ciudades llenas de necios,

De mí mismo, que me reprocho siempre (pues,¿quién es más necio que yo, ni más desleal?),

De los ojos que en vano ansían la luz, de los objetos despreciables, de la lucha siempre renovada,

De lo malos resultados de todo, de las multitudes afanosas y sórdidas que me rodean,

De los años vacíos e inútiles de los demás, yo entrelazado con los demás,

La pregunta, ¡Oh, mi yo!, la pregunta triste que vuelve – ¿qué de bueno hay en medio de estas cosas, Oh, mi yo, Oh, vida ?
Respuesta

Que estás aquí – que existe la vida y la identidad,

Que prosigue el poderoso drama, y que puedes contribuir con un verso.

Reírse, estar al sol, moverse y otras alternativas

Todo lo anterior son antidepresivos naturales. Traigo hoy micro-pastillas alternativas al prozac, y que se pueden combinar con lo anterior sin contraindicaciones.

Se recomienda tomarlas de manera continua de por vida.

– Si dudas entre hacerlo o no hacerlo, ya estás perdiendo el tiempo no haciéndolo

– ¿cuando te queda poca batería en el movil, no aprovechas cada minuto de la batería para lo imprescindible, lo importante?¿no exprimes cada segundo que lo tienes encendido? Así es cada día de tu vida. No lo malgastes dejándolo pasar..

– Descubre tus puntitos. Si, esos que enamoran. Tal vez si te lo escribes te los creerás.

– Lo que sea que estas haciendo ahora, justo ahora, en este preciso segundo, es lo mejor que podías estar haciendo justo ahora.
Y estas son mis tomas de hoy. Que os hagan bailar.

Anuncios