Los árboles dormidos

Víctor era el pequeño. Estaba rodeado de sus cuatro hermanas maternales, una madre necesitada de amor, y una abuela que había mal soñado desde que nació.

Desde bien enano, y en su ya pasada adolescencia, tenía un aspecto dormido, ensoñado. Movía su afilado cuerpo como un mecanismo metálico de huesos y nudos. No tenía prisa por llegar, ni aburrimiento por acabar, ya que su vida era silenciosa, tranquila y predecible.

Cada mañana, cada semana, cada mes y cada año, el mundo se dibujaba, se construía y se modificaba a sus pies por las manos femeninas que tanto le querían. Masticaban por él, lloraban por él, aprendían por él, se emocionaban por él y hasta amaban por él. Víctor era tan perfecto que el mundo que le rodeaba debía bosquejarse cálido y suave para que sus emociones fuesen continuamente positivas.

La guerra estalló un día de esos que huelen a frío y son ásperos a la cara como una lija. De esos que duelen al respirar, y que transcurren entre el amanecer y el anochecer casi sin transición.

A partir de ese momento lo encerraron en una suerte de habitación. Había sido un baño en el pasado, pero abriendo una pequeña abertura de ventilación lo habían convertido en una despensa-habitación. Tenía el espacio justo para tumbarse, y sólo le permitían asomarse en las comidas o cuando ya no aguantaba más y necesitaba ir al baño. Allí pasó varias semanas, incluso meses.

Pero aquel fino y desgarbado chaval fue citado a la guerra, lo reclamaba. La muerte no se agota, no descansa, no se relaja. Necesita combustible que alimente una historia que nadie sabe parar.

Un día, mientras todas dormían, vinieron a por él. Lo arrancaron de sus sábanas, y lo arrastraron desde los pies, mientras su cara se golpeaba contra el borde de la cama y se congestionaba, vencida por las náuseas y el mareo. En ese momento sintió como la rigidez muscular se tendía por su nuca y empezó a percibir lo que ocurría.

Lo transportaron en un camión junto con los otros. Con el paso de los minutos su estómago empezó a anudarse presa de una ansiedad que le paralizaba los pulmones y que le aceleraba el corazón. Vomitó varias veces y no paró de llorar, de gritar, de sollozar, hasta quedarse afónico, seco, silencioso y rendido.

Recibió el fusil, el traje, los zapatos desgastados y el petate de un muerto. La camisa tenía una sospechosa oscura mancha pastosa en la solapa que recordaba el destino.

Los días pasaron, y se acostumbró a seguir a todo aquel que pareciera seguro de sí mismo y tuviera claro qué hacer. Les seguía en la corta distancia, como un perro huidizo y abandonado buscando comida. El terror le superaba, no le dejaba ni pensar ni recordar, pero también le llevaba a la acción que tanto necesitaba.

La noche era demasiado oscura para que pudiera dormir. Temía soñar para nunca más despertar, ser víctima de una sorpresa y no poder controlar lo que pasara. Estuvo más de dos semanas sin dormir.

Una noche, mientras vigilaba en todas las direcciones y se movía nerviosamente allá donde pudiera parecer seguro, le trajeron de vuelta a casa.

Una bala, perdida y huidiza, juez y testigo, salió presa del temor y llegó a destino. Y se lo llevó. Su estrecho tronco ni lo sintió. Le invadió una profunda calma, y sus músculos se relajaron como si se diera un baño de agua caliente. Sus ojos empezaron a pesar y noto el cansancio que precede a un profundo sueño. En ese estado entre el sueño y el desvelo, aparecieron ante él sus tres hermanas, su madre y su querida yaya. Le traían su paz perdida, su monotonía y su certeza. Y Víctor decidió dormir, feliz por volver a su conocido hogar.

Hijo, nieto, hermano, pero no individuo, durmió como tantos otros en aquellos días. Y durmió presa de un hijo, hermano y nieto impersonal y febril tan perdido como se encontraba aquel flaco y desnutrido pequeño diablo. Falleció por culpa de un miedo atenazante. Por el horror de sentir a tus pies a alguien despierto y nervioso, alguien que podría parecer un enemigo peligroso y valeroso, con oscuras y malévolas intenciones.

La sociedad que permite la guerra genera paces inexistentes para poder justificar el ardor de la guerra. Y aquella criatura, como todos los seres impersonales que cayeron entonces, pasó por la vida como si fuera un gran sueño. Donde nada es real, ni nada es mentira.

Porque los padres, abuelos y hermanos, entregan y se entregan a una vida prestada, pactada y pronosticada. Donde ni se vive ni se muere, sino que se sueña que se vive hasta que se muere para soñar.IMG_3908.jpg

 

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