Archivos Mensuales: diciembre 2017

La vida secreta de Gualter Miti

Siempre con frío en los pies. Da igual que pongan cortinas de aire, que pongan dos puertas, o que sencillamente me den más ropa de trabajo. Estar aquí parada durante ocho horas, medio sentada, medio de pie, me deja las extremidades de mi cuerpo anquilosadas y adormecidas.

El peor mes  para el frío es diciembre, con la Navidad  siempre dura para los trabajos de cara al público. Una más que paso de cajera, donde veo a los mismos de siempre. Diferentes caras, diferentes nombres, pero la misma rutina, las mismas costumbres, las mismas mentiras.

Están los que para cuando llega Navidad quieren perdonar y remendar sus relaciones familiares y compran y compran como si su felicidad dependiera de los dígitos de su ticket. Están también los encorvados y consumidos ancianos, que fruto de su viudedad y pensión, sólo compran comida congelada, una barra de pan y a veces una botella de vino. Están también esos señores y señoras de mediana edad que, a partir de no hablar en casa,  cotorrean y cotorrean cuando pasan por caja. He visto tanto y he tenido que ver tanto que no quería…

Siempre me digo que lo quiero dejar, pero luego me digo mil excusas para no dejarlo. Dónde voy a ir yo, con mis 56 años, sin estudios, y con lo que necesitamos el dinero. Si Antonio ganara un poquito más, yo a lo mejor me animaría a buscarme otra cosa sin prisa, pero entre que estoy ya vieja, y que hemos conseguido que los dos niños  entren en la Universidad, ahora cualquiera se plantea lanzarse a la aventura. Y digo niños, pero Isabel ya tiene veinticuatro años y ya se ha puesto con el master, y Adrián tiene veintidós y mucha vida vivida presiento.

Mientras paso y paso artículos por el código de barras, me doy cuenta de que ya estoy muy lenta. Esa chiquita mulata que entró hace tres semanas ya conoce mucho mejor este Eroski que yo, y cierra dos bolsas de la compra mientras yo justo estoy poniendo la tarjeta de puntos al primer cliente.

Cómo odio las mil promociones, las infinitas tarjetas, descuentos, 3×2, puntos que acumulas, regalos por tantos euros de compra… No me entero de nada. Menos mal que el jefe me tiene cariño por ser mayor, porque ya me han dicho tantas veces que lo hago mal que he terminado por creérmelo.  Y ya no hablemos de trabajar los domingos. Antes aún ponía Noche de Fiesta  los sábados y me quedaba dormidita con el mando en la mano y los pies en alto. Era el mejor momento de toda la semana. Cuando me despertaba me metía en la cama con Antonio y me dejaba hacer. Pero, ahora, corre que te corre que mañana vuelta a empezar. ¡Si cuando me voy los domingos no han llegado ni mis hijos de fiesta!

Y hoy lunes, lunes veintiseis. Después de la resaca de la Nochebuena y de la Navidad. ¡Dos días de medio descanso! Digo medio porque además de trabajar me he encargado, cómo no, de la dichosa cenita y de la no corta comida. Porque a todos les gusta quejarse de que hay mucha comida, o de que todo está riquísimo, pero luego ayudarme, lo justo.

Lo mejor del día de ayer  fue la película que echaban después de comer y que vimos todos juntos entre siesta y siesta. La vida secreta de Gualter Miti  o como leches se escriba. Ya me corrigió mi hija varias veces ayer para que lo dijera bien, pero mi pobre angelito no se da cuenta de que soy limitada. Era tan parado el chaval y tan tímido que me cuesta creer lo que hace. Se coge el maletín, se compra los primeros billetes de avión y de ahí ya no para. Y no se le ocurre hacer una previsión de la ropa que necesitaría, ni avisar a su familia de que se iba, ni mirar a ver si le quedan días de vacaciones…

Yo no podría hacer eso. Debería avisar con un mínimo de dos meses a mi encargado, mirar qué ropa y, claro, cómo me voy a ir sola. Qué pensarían de mí, que diría la gente del barrio… ¡Pero me habría gustado tanto ser como ese fotógrafo! Coger una dirección, olvidarme de lo que piensen otros y de lo que me espera, y vivir cosas por mí misma, sola y a la aventura.

En su momento no fui capaz del salirme del camino marcado. Me era muy fácil aceptar la seguridad que me ofrecía la vida a mis veintitantos. Trabajo para poder tener mi propia casita, coche y comida. Un hombre que me quería, aunque ya sabía que era algo clásico, y una familia que me empujaba a seguir por aquella senda.

Pero tengo que reconocer que Gualter Miti  me ha hecho reflexionar. O puede que sólo necesitara una excusa. Esta Navidad ha sido silenciosa, más silenciosa de lo normal. Y aunque todos sabíamos la razón, ninguno quiso expresar lo que sentía. A veces las palabras son más duras que el silencio. A veces cuesta más hablar que intentar no respirar.

Isabel hacía ya meses que tenía mucha fiebre. Sudaba sin parar por la noche y nunca tenía hambre. Pero no le di mucha importancia porque ella siempre había sido menuda y frágil. Sin embargo cuando ya nunca quería salir de casa, con lo alegre que siempre ha sido ella, nos temimos que algo podía suceder. Y yo pensé que los desamores no daban fiebre. Así que fuimos al médico, y se nos cayó el mundo al suelo. Tenía leucemia aguda. Con sólo veinticuatro años, era igual de bella pero también de frágil que una muñequita de porcelana.

Las primeras semanas fueron terribles ya que aparecieron todos los miedos a perderla. A perder la alegría de la casa, la estrella polar para nuestras sonrisas. Pero Isabel siempre ha sido una luchadora. A veces cuando vuelve destrozada del tratamiento me sorprende diciéndome que no quiere que me preocupe por ella, que ya tengo bastante con lo mío, y que me dedique a descansar. Y esos días juro que la amo tanto que siento que me amo de nuevo a mí misma. Ser de mí ser, algo nacido de mi vientre, que me recuerda a mi juventud, a mi energía y disposición.

Estas Navidades han sido quietas. Pero puede que fuera esa ruidosa quietud lo que necesitaba. Lo que nunca me permití cuando era como tan joven como Isabel, y que tanto se necesita para que lo aparente se haga visible. Algo me está pasando en mi mente.  Y mientras paso códigos de barras, algo se ha anidado en mí para nunca irse. Ha encajado como si fuera una película que ya tiene sentido.

Y lo hago por mí, y lo hago por ella. Lo he decidido. En cuanto llegue a casa le voy a decir a Isabel que nos vamos a donde ella siempre decía que iría de mayor. Y yo siempre le miraba con juicio y le preguntaba qué se le había perdido en Madagascar. Iremos, el tiempo que necesitemos ambas. Para entender qué se nos ha perdido allí. Y que los dos hombres de la casa se busquen la vida.

Estoy radiante, estoy eufórica. Ahora sí que voy más rápido que esa latina. Estoy deseando entrar por la puerta de la habitación de Isabel y que el aire fresco entre y salga para llevarnos hacia allí. Me siento joven, me siento viva. Más viva que antes de la leucemia de mi pequeña parte de mí. Más viva de lo que nunca me he sentido.

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Los árboles dormidos

Víctor era el pequeño. Estaba rodeado de sus cuatro hermanas maternales, una madre necesitada de amor, y una abuela que había mal soñado desde que nació.

Desde bien enano, y en su ya pasada adolescencia, tenía un aspecto dormido, ensoñado. Movía su afilado cuerpo como un mecanismo metálico de huesos y nudos. No tenía prisa por llegar, ni aburrimiento por acabar, ya que su vida era silenciosa, tranquila y predecible.

Cada mañana, cada semana, cada mes y cada año, el mundo se dibujaba, se construía y se modificaba a sus pies por las manos femeninas que tanto le querían. Masticaban por él, lloraban por él, aprendían por él, se emocionaban por él y hasta amaban por él. Víctor era tan perfecto que el mundo que le rodeaba debía bosquejarse cálido y suave para que sus emociones fuesen continuamente positivas.

La guerra estalló un día de esos que huelen a frío y son ásperos a la cara como una lija. De esos que duelen al respirar, y que transcurren entre el amanecer y el anochecer casi sin transición.

A partir de ese momento lo encerraron en una suerte de habitación. Había sido un baño en el pasado, pero abriendo una pequeña abertura de ventilación lo habían convertido en una despensa-habitación. Tenía el espacio justo para tumbarse, y sólo le permitían asomarse en las comidas o cuando ya no aguantaba más y necesitaba ir al baño. Allí pasó varias semanas, incluso meses.

Pero aquel fino y desgarbado chaval fue citado a la guerra, lo reclamaba. La muerte no se agota, no descansa, no se relaja. Necesita combustible que alimente una historia que nadie sabe parar.

Un día, mientras todas dormían, vinieron a por él. Lo arrancaron de sus sábanas, y lo arrastraron desde los pies, mientras su cara se golpeaba contra el borde de la cama y se congestionaba, vencida por las náuseas y el mareo. En ese momento sintió como la rigidez muscular se tendía por su nuca y empezó a percibir lo que ocurría.

Lo transportaron en un camión junto con los otros. Con el paso de los minutos su estómago empezó a anudarse presa de una ansiedad que le paralizaba los pulmones y que le aceleraba el corazón. Vomitó varias veces y no paró de llorar, de gritar, de sollozar, hasta quedarse afónico, seco, silencioso y rendido.

Recibió el fusil, el traje, los zapatos desgastados y el petate de un muerto. La camisa tenía una sospechosa oscura mancha pastosa en la solapa que recordaba el destino.

Los días pasaron, y se acostumbró a seguir a todo aquel que pareciera seguro de sí mismo y tuviera claro qué hacer. Les seguía en la corta distancia, como un perro huidizo y abandonado buscando comida. El terror le superaba, no le dejaba ni pensar ni recordar, pero también le llevaba a la acción que tanto necesitaba.

La noche era demasiado oscura para que pudiera dormir. Temía soñar para nunca más despertar, ser víctima de una sorpresa y no poder controlar lo que pasara. Estuvo más de dos semanas sin dormir.

Una noche, mientras vigilaba en todas las direcciones y se movía nerviosamente allá donde pudiera parecer seguro, le trajeron de vuelta a casa.

Una bala, perdida y huidiza, juez y testigo, salió presa del temor y llegó a destino. Y se lo llevó. Su estrecho tronco ni lo sintió. Le invadió una profunda calma, y sus músculos se relajaron como si se diera un baño de agua caliente. Sus ojos empezaron a pesar y noto el cansancio que precede a un profundo sueño. En ese estado entre el sueño y el desvelo, aparecieron ante él sus tres hermanas, su madre y su querida yaya. Le traían su paz perdida, su monotonía y su certeza. Y Víctor decidió dormir, feliz por volver a su conocido hogar.

Hijo, nieto, hermano, pero no individuo, durmió como tantos otros en aquellos días. Y durmió presa de un hijo, hermano y nieto impersonal y febril tan perdido como se encontraba aquel flaco y desnutrido pequeño diablo. Falleció por culpa de un miedo atenazante. Por el horror de sentir a tus pies a alguien despierto y nervioso, alguien que podría parecer un enemigo peligroso y valeroso, con oscuras y malévolas intenciones.

La sociedad que permite la guerra genera paces inexistentes para poder justificar el ardor de la guerra. Y aquella criatura, como todos los seres impersonales que cayeron entonces, pasó por la vida como si fuera un gran sueño. Donde nada es real, ni nada es mentira.

Porque los padres, abuelos y hermanos, entregan y se entregan a una vida prestada, pactada y pronosticada. Donde ni se vive ni se muere, sino que se sueña que se vive hasta que se muere para soñar.IMG_3908.jpg

 

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