La gemela que creció en una ostra

Alessia nació en la suave y aterciopelada arena del Pacífico. Rodeada de cangrejos, anemonas, corales, de ostras….Giulia le siguió en orden de aparición. Eran gemelas, y eran iguales y  distintas.

Alessia y Guilia nacieron cuando desearon nacer, y con la edad que deseaban tener. Tenían 4 años, eran visibles sólo cuando querían, y eran sobre todo aventureras. Querían conocer lo que había encima de la arena, lo que había debajo, y lo que se veía al fondo entre las algas y los corales. Nacieron y se asomaron al mundo con las ansias de descubrirlo, con el antojo de beberlo, y con la ignorancia de desear cambiarlo.

Una ostra, consciente de que los peligros del mar eran muchos y muy variados, les ofreció cobijo en su caparazón. Un confortable y sólido resguardo de los ruidos y peligros del mar y del mal.

Al principio la ostra les daba comida cuidadosamente filtrada del agua del mar, les protegía de la luz que venía de la superficie, y su siempre dura concha las mecía en los duros días de tormenta. Pero esa paz duró poco.

Desde el primer momento no encontraron el mismo acomodo en el caparazón de aquella ostra. Guilia no se sentía bella con el nacar que le había regalado aquel molusco, ni sentía que pudiera vivir condenada a la comodidad de no hacer nada. Alessia en cambio era presumida y se sentía hagalada y cómoda con el intenso amor de aquella ostra.

Guilia decidió marcharse una tarde de invierno. Abrió la concha y descubrió que todo lo que le rodeaba era oscuridad. Pero decidió que la oscuridad era una opción, y se desprendió de su nácar y abandonó a la dura pero frágil ostra. No se despidió, si bien decidió que siempre amaría a aquella ostra y a Alessia.

Alessia, por su parte, se acomodó con mayor goce y placer en aquel cobijo. Condenada a vivir plácidamente en aquel resistente y predecible cascarón, el nácar que le cubría se fue haciendo más y más espeso, cada vez más y más bonito. Hasta que Alessia desapareció, y se convirtió en una brillante perla amarilla.

Alessia eligió. Y se autodesterró hacia una nueva forma, un nuevo destino donde no había ni vida ni muerte. Inerte, bella y permanente en el tiempo. Segura y aislada.

Pasado un tiempo desde que Guilia se fuera, se decidió a ir a buscar a su diferente pero siempre amada hermana. Para entonces Guilia ya había aprendido a perderse, y a encontrar el camino, había probado comidas asquerosas pero también sabores inimaginables, y había coleccionado muchas perlas de sus viajes por el oceáno. Le encantaban las perlas, de todos los colores y texturas, regulares o bastas. Le daba igual , las perlas le recordaban el camino hecho.

Para Guilia nada era permanente, salvo el cambio. Todo podía cambiar, todo merecía ser intentado y fallado. Y aunque no se despidió de Alessia, siempre sintió el mayor de los amores por ella.

Pero nunca la encontró. Nunca dejo de buscarla, y de recoger perlas en su camino.

Alessia y Guilia, dos perlas, dos niñas, dos seres que fueron uno y dos a la vez.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: