Archivos Mensuales: noviembre 2017

El para qué de las cosas

Me observabas continuamente mientras estudiaba. Me mirabas con la mirada cariñosa y cercana de un perro viejo tirado a la sombra en el más absoluto de los veranos.

Un día, acostumbrado y agradecido por tu presencia, te pregunte que para qué estudiaba yo tanto. Yo no tenía la respuesta por mucho que la buscase.

Desde mis doce años, hasta nuestros treinta años, tú nunca escatimaste en respuestas.

  • ¿Para qué quieres a tus padres?
  • ¿Para qué tienes novio o novia?
  • ¿Para qué trabajas?
  • ¿Para qué tienes hijos?
  • ¿Para qué construyes un hogar?
  • La mayor parte de los para ques que no tienen respuesta son los que dan sentido a nuestra vida. Y sin embargo no tienen respuesta.
  • Y sin embargo guían tu vida.
  • Tu vida no la guía la razón. La guían las emociones, los sentimientos, la motivación. Todo lo que puedas explicar será un artificio de tu mente.
  • Estudia o no estudia, pero ama lo que haces.IMG_3715.jpg
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Me conociste cuando tenía doce años.

Te conocí cuando me encontré en la treintena.

Me encontraste con las rodillas ensangrentadas, los ojos llenos de frustración y el cuerpo tembloroso. Quería ser el más rápido bajando con la bici aquella ladera, y me enfilé con la pasión y la locura que le ponía a todo lo que etiquetaba como retos.

Me miraste, y me viste. Me viste sin juicio, solo con amor.

No me preguntaste si me dolía, ya que sentiste que quería ser fuerte.

No me dijiste si necesitaba ayuda, ya que sentiste que quería valerme por mi mismo.

Pero me confesaste aquello que convierte en vencedores a los perdedores, lo que lleva a ganar aquellos que les da igual el resultado.

  • Aquellos que nunca caen, nunca sabrán por donde pudieron arriesgar más, por donde experimentar más.
  • Los que no se golpean, son los que realmente temen el golpe que no conocen y anticipan.
  • Los que besan el suelo aprenden a saborear los momentos en los que fallan.
  • Los que no caen, piensan que ese camino siempre es el correcto y olvidan que una vez aprendieron por ese camino para luego nunca más buscar otro.
  • Sé creativo, prueba, arriesga, cáete y vuelve a ajustar. No te tomes tan en serio, no te tomes nada en serio.
  • Tú no eres la caída, ni siquiera eres el que llega sano y salvo. Eres el camino, y lo que haces entre tanto.

El niño que llevamos dentro en cada caída

La gemela que creció en una ostra

Alessia nació en la suave y aterciopelada arena del Pacífico. Rodeada de cangrejos, anemonas, corales, de ostras….Giulia le siguió en orden de aparición. Eran gemelas, y eran iguales y  distintas.

Alessia y Guilia nacieron cuando desearon nacer, y con la edad que deseaban tener. Tenían 4 años, eran visibles sólo cuando querían, y eran sobre todo aventureras. Querían conocer lo que había encima de la arena, lo que había debajo, y lo que se veía al fondo entre las algas y los corales. Nacieron y se asomaron al mundo con las ansias de descubrirlo, con el antojo de beberlo, y con la ignorancia de desear cambiarlo.

Una ostra, consciente de que los peligros del mar eran muchos y muy variados, les ofreció cobijo en su caparazón. Un confortable y sólido resguardo de los ruidos y peligros del mar y del mal.

Al principio la ostra les daba comida cuidadosamente filtrada del agua del mar, les protegía de la luz que venía de la superficie, y su siempre dura concha las mecía en los duros días de tormenta. Pero esa paz duró poco.

Desde el primer momento no encontraron el mismo acomodo en el caparazón de aquella ostra. Guilia no se sentía bella con el nacar que le había regalado aquel molusco, ni sentía que pudiera vivir condenada a la comodidad de no hacer nada. Alessia en cambio era presumida y se sentía hagalada y cómoda con el intenso amor de aquella ostra.

Guilia decidió marcharse una tarde de invierno. Abrió la concha y descubrió que todo lo que le rodeaba era oscuridad. Pero decidió que la oscuridad era una opción, y se desprendió de su nácar y abandonó a la dura pero frágil ostra. No se despidió, si bien decidió que siempre amaría a aquella ostra y a Alessia.

Alessia, por su parte, se acomodó con mayor goce y placer en aquel cobijo. Condenada a vivir plácidamente en aquel resistente y predecible cascarón, el nácar que le cubría se fue haciendo más y más espeso, cada vez más y más bonito. Hasta que Alessia desapareció, y se convirtió en una brillante perla amarilla.

Alessia eligió. Y se autodesterró hacia una nueva forma, un nuevo destino donde no había ni vida ni muerte. Inerte, bella y permanente en el tiempo. Segura y aislada.

Pasado un tiempo desde que Guilia se fuera, se decidió a ir a buscar a su diferente pero siempre amada hermana. Para entonces Guilia ya había aprendido a perderse, y a encontrar el camino, había probado comidas asquerosas pero también sabores inimaginables, y había coleccionado muchas perlas de sus viajes por el oceáno. Le encantaban las perlas, de todos los colores y texturas, regulares o bastas. Le daba igual , las perlas le recordaban el camino hecho.

Para Guilia nada era permanente, salvo el cambio. Todo podía cambiar, todo merecía ser intentado y fallado. Y aunque no se despidió de Alessia, siempre sintió el mayor de los amores por ella.

Pero nunca la encontró. Nunca dejo de buscarla, y de recoger perlas en su camino.

Alessia y Guilia, dos perlas, dos niñas, dos seres que fueron uno y dos a la vez.

 

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