En los trenes son para el verano

No soy perfecto. Ni son perfectos los que me rodean. Ni deben ser perfectos, ni lo debo ser yo.

Pero me empeño día a día, y me doy contra el muro de la insatisfacción que genera negarme a mí mismo lo anterior.

La estrategia más recurrente para ocultarme la insoportable sensación de no alcanzar la cuadratura del círculo se basa en hacer rebosar el día de reconfortantes sprints. Y sólo cuando llego a esas pequeñas metas, cuando descanso esos microsegundos entre carrera y carrera, es cuando descubro que he estado burlando y esquivando mis miedos y pensamientos. Y es de ser aberrantemente amnésico, un ser que conserva su memoria durante treinta segundos y la pierde, que se da cuenta que no recuerda cómo llego allí y para qué, pero sí que siente que debería saberlo.

Y por ese motivo no me suelen gustar las vacaciones. Son esos (estos) momentos de tren, de pre siesta, de tarde de pájaros y coches pasando, o de largos desayunos, donde no hago literamente nada, y donde precisamente ya no tengo nada que decir, ni que mirar. Son esos momentos donde los ojos huyen del contacto y donde los pensamientos te llevan, pero donde no recuerdas su origen ni existe conclusión aparente. Son los obligados cumplimientos de nada más que no cumplir.

¿Sois capaces de mirar a los ojos a todas las personas? ¿qué deudas tenéis pendientes con aquellos a quién no miráis? ¿o son deudas propias? No voy a ser un latiguero y no diré que somos unos cobardes, pero de paso ya lo he dicho.

Te puedes sentir tan acompañado, y a la vez tan sólo, que sientes que hasta te abandonaste en algún momento que ni siquiera recuerdas. Como si el camino de regreso fueran tan largo que estas esperando que haya un camino circular que te lleve al origen. Que te lleve, no ir tú, esa es la clave.

Y en esa dualidad de descanso solitario y de ganador de batallas inventadas, oscilo y oscilamos como péndulos en la búsqueda de un equilibrio que no encuentran por no parar de moverse y moverse. Justo en la cima de esa perfección, te asomas a hombros de gigantes y descubres que ese no era el camino, para justo irse al extremo contrario, alejándote temerosamente y súbitamente de aquella sensación de fallo y perdida

Y viniendo y yendo, y nunca parando, pasa el tiempo, las personas, y tu alrededor, haciendo de lo que te rodea y de ti mismo una imitación más vieja y marchita. Donde las vacaciones suponían un descanso, se convierten en una reflexión crítica y voraz, y donde los retos suponían fuentes inagotables de motivación, ahora hay cansancio y rutina.

Párenme que me bajo. Creo que ya me he demostrado suficiente. Y si el juez inquisidor necesita algo más de mí, que me encuentre perdido en la mitad de las montañas. Y espero encontrarme allí con mi libro, mi(s) pluma(s), un pantalón viejo y extra cómodo, y mis atardeceres.

Y sirva esta reflexión para mí, para eliminarme la amnesia, para recordarme que no llegué hasta aquí para coleccionar trofeos de trabajo y humildad, ni que nadie me dará una palmadita por seguir ese camino. Para recordarme que hasta aquí han llegado los sprints alabanzadores, y hasta aquí los “por lo menos hasta esto debo llegar”. Y sirva también para recordarme que dé igual como quede este texto, ya que no busco ni palmaditas ni retroalimentación.

Sólo no juzgar, respetar, querer y amar. Y vivir en la plenitud de la imperfección, donde ni yo, ni tú, ni nosotros ni vosotros somos perfectos, y es precisamente ahí donde reside la perfección.

Buenas noches.

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