Archivos Mensuales: julio 2016

En los trenes son para el verano

No soy perfecto. Ni son perfectos los que me rodean. Ni deben ser perfectos, ni lo debo ser yo.

Pero me empeño día a día, y me doy contra el muro de la insatisfacción que genera negarme a mí mismo lo anterior.

La estrategia más recurrente para ocultarme la insoportable sensación de no alcanzar la cuadratura del círculo se basa en hacer rebosar el día de reconfortantes sprints. Y sólo cuando llego a esas pequeñas metas, cuando descanso esos microsegundos entre carrera y carrera, es cuando descubro que he estado burlando y esquivando mis miedos y pensamientos. Y es de ser aberrantemente amnésico, un ser que conserva su memoria durante treinta segundos y la pierde, que se da cuenta que no recuerda cómo llego allí y para qué, pero sí que siente que debería saberlo.

Y por ese motivo no me suelen gustar las vacaciones. Son esos (estos) momentos de tren, de pre siesta, de tarde de pájaros y coches pasando, o de largos desayunos, donde no hago literamente nada, y donde precisamente ya no tengo nada que decir, ni que mirar. Son esos momentos donde los ojos huyen del contacto y donde los pensamientos te llevan, pero donde no recuerdas su origen ni existe conclusión aparente. Son los obligados cumplimientos de nada más que no cumplir.

¿Sois capaces de mirar a los ojos a todas las personas? ¿qué deudas tenéis pendientes con aquellos a quién no miráis? ¿o son deudas propias? No voy a ser un latiguero y no diré que somos unos cobardes, pero de paso ya lo he dicho.

Te puedes sentir tan acompañado, y a la vez tan sólo, que sientes que hasta te abandonaste en algún momento que ni siquiera recuerdas. Como si el camino de regreso fueran tan largo que estas esperando que haya un camino circular que te lleve al origen. Que te lleve, no ir tú, esa es la clave.

Y en esa dualidad de descanso solitario y de ganador de batallas inventadas, oscilo y oscilamos como péndulos en la búsqueda de un equilibrio que no encuentran por no parar de moverse y moverse. Justo en la cima de esa perfección, te asomas a hombros de gigantes y descubres que ese no era el camino, para justo irse al extremo contrario, alejándote temerosamente y súbitamente de aquella sensación de fallo y perdida

Y viniendo y yendo, y nunca parando, pasa el tiempo, las personas, y tu alrededor, haciendo de lo que te rodea y de ti mismo una imitación más vieja y marchita. Donde las vacaciones suponían un descanso, se convierten en una reflexión crítica y voraz, y donde los retos suponían fuentes inagotables de motivación, ahora hay cansancio y rutina.

Párenme que me bajo. Creo que ya me he demostrado suficiente. Y si el juez inquisidor necesita algo más de mí, que me encuentre perdido en la mitad de las montañas. Y espero encontrarme allí con mi libro, mi(s) pluma(s), un pantalón viejo y extra cómodo, y mis atardeceres.

Y sirva esta reflexión para mí, para eliminarme la amnesia, para recordarme que no llegué hasta aquí para coleccionar trofeos de trabajo y humildad, ni que nadie me dará una palmadita por seguir ese camino. Para recordarme que hasta aquí han llegado los sprints alabanzadores, y hasta aquí los “por lo menos hasta esto debo llegar”. Y sirva también para recordarme que dé igual como quede este texto, ya que no busco ni palmaditas ni retroalimentación.

Sólo no juzgar, respetar, querer y amar. Y vivir en la plenitud de la imperfección, donde ni yo, ni tú, ni nosotros ni vosotros somos perfectos, y es precisamente ahí donde reside la perfección.

Buenas noches.

Anuncios

39 grados

39 grados. Estos casi 40 grados cogen una nueva dimensión cuando los sudas de cerca. Los 100 grados para precalentar un horno ya no son minucias y las nuevas tendencias de cocinar a bajas temperaturas de alrededor de 60 grados nos parecen una auténtica fundición de hueso y piel…

Cuando era pequeño (bueno, reconozcámoslo, hasta hace poco), me preguntaba si se podría almacenar el calor del verano para el invierno y viceversa. Soñaba con un mundo que cogía lo que la naturaleza la ofrecía. Si lo hemos hecho con el viento… ¿Por qué no?

Y este derroche de energía tiene una única ventaja. Y no es que llevemos menos ropa por la calle, sino en casa. Si alguien me espía con una cámara térmica, mientras deambulo acompañado de sólo los calzoncillos más viejos y feos que tengo, es difícil que sean capaces de distinguir el pasillo de mi cuerpo. Pero por si acaso, sólo por si alguien espía este cuerpo esculpido por el deporte y la salud, creo que la estrategia es moverse lo menos posible.

Es por ello que he decidido cogerme la mochila, y llenarla con víveres que se traducen en un portátil con su correspondiente cargador, y lanzarme a las lavas volcánicas en las que se encuentran convertidas las baldosas de mi calle.

Y aquí me encuentro, en el café Nolasco, rodeado de cinco perdidos, mientras miro a los árboles de la plaza San Pedro Nolasco, que dicho sea de paso, si pudieran tener patitas, hace rato habrían desaparecido de mi vista.

Guardo tan buenos recuerdos tanto del lugar en el que me encuentro como de la plaza a la que pertenece. El café Nolasco, además de ser mil y un negocios previamente, en su origen fue un almacén de productos de regalo. Hace muchos años existían muchas tiendas de este estilo. Eran tiendas donde podías encontrar un sinfín de curiosidades, o podías comprar regalos en teoría “útiles”, además de los clásicos perfumes, carteras, cremas o cachivaches más clásicos. Y en la parte del sótano estaba lo que para mí era lo más parecido al armario de Narnia. Las escaleras para bajar al sótano eran de madera desgastada, y la luz que te acompañaba era de esas que parecen que están apagadas pero no. El contraste con la zona principal eran evidentes, pero los tesoros están abajo, bien abajo. Donde no todo el mundo puede disfrutarlo. Y eso es una ventaja para los que no nos quedamos con lo que brilla.

El sótano era una juguetería, llena de cosas que no había en ninguna otra juguetería. Deduje con el paso de los años que era lo que se llama ahora un outlet. Tenía un mostrador de madera desgastado, y la señora que nos atendía era una mujer mayor bien arreglada y habladora. También años más tarde descubrí que era mi tía abuela. Porque en mi familia, lo que es hablar, hablar, no falta. Y a mí por desgracia se saltaron esa virtud. Esto deben ser las típicas cosas que se saltan alguna generación.

Nunca sabías lo que ibas a encontrar en ese escondite mal iluminado, y por supuesto nunca encontrabas lo que buscabas ni nadie tendría lo que tú conseguías en ese lugar. Ese lugar era mágico. Recuerdo esa ilusión, esos nervios por llegar a la tienda, esa incertidumbre que me reconcomía, con una profunda envidia.

Porque la vida nos elimina la novedad, la sorpresa y la ingenuidad. Y la búsqueda de los planes planeados, de los tiempos programados, y del éxito sólo nos lleva a perder el cosquilleo de las intenciones puras y desconocidas. Tal vez deberíamos tener amnesia de nuestra memoria episódica año a año. Y cuando llegue el año nuevo le hacemos un hard reset a nuestros recuerdos y felices para siempre. Si me dejan sentir que quiero a los que quiero, si se mantienen mis emociones, mi inteligencia y mis pensamientos puros, ¿para qué necesito recordar aquello que manipulo continuamente en mi memoria en mi contra?

Deseo encontrar lo inesperado, que no buscarlo. Anhelo que me sorprenda mi vida, y que me descoloque mi actitud hacia mí mismo. Porque cuando era niño, y llegaba a ese almacén, sin saber que iba a hacia él, nunca sabía para qué iba, qué ocurriría ni para qué. Y amaba tanto entrar como salir.

No es casualidad que haya llegado hoy al Café Nolasco. No lo tenía en mis intenciones, pero mis pasos me han llevado hasta aquí. No es casualidad que me esté tomando un tinto de verano en un caluroso Julio cuando planeo mi próxima vida. Ni es casualidad que me acompañe música de moderneo en estas líneas en el ocaso de la semana.

Estoy pactando mi reconciliación con mis anhelos. Estoy firmando mi renuncia a la política de austeridad y crecimiento. Me declaro en huelga sin reivindicaciones concretas.

Me sentaré en la parte de arriba de Nolasco mientras dejo que el niño suba y me cuente a donde debemos ir.

 

Anuncios