Archivos Mensuales: octubre 2015

Los siete momentos que hacen que merezca la pena el día

El día tiene 24 horas. En el mejor de los casos dedicamos unas dos horas para nosotros.

¿Con qué te quedas cuando acaba el día? Sinceramente, estoy seguro que has hecho más cosas de las que habías planeado; aunque no fueran de tu agrado. Sí, pero… realmente, ¿qué es lo que te hace sonreír?

Son pequeños detalles, pequeños gestos, pequeños momentos, cosas insignificantes que ocurren a tu alrededor.

Yo vivo por y para esos detalles.

Os cuento mis siete detalles, mis siete momentos que me llenan el día. Me dejo muchos más, pero siete es mi número favorito, y serán por ello siete.

Empecemos por lo fácil. ¿Os habéis dado cuenta del placer que supone que te llamen por tu nombre? En serio, ¿no os encanta cuando alguien lanza una pregunta y pone al principio vuestro nombre? ¿Cuántas veces nos llamamos por nuestro nombre a lo largo del día? Contad, contad… muy pocas. Esto es más intenso si cabe cuando lo hace un buen amigo, un familar, una persona a la que apreciáis, o una persona de la que estás enamorado o estáis en proceso de enamoraros. Me llena que digan mi nombre, si sale natural, como parte del protagonismo que la otra persona quiere hacer recaer sobre ti. Supone una conexión, conmigo mismo y con el que me habla, como si nos tocáramos.

Mi segundo gran momento es cuando recibes noticias de alguien en el que estabas pensando. Puede ser un correo, un whatsapp, un sms, o lo más clásico, una llamada. Es más, ni siquiera puede ser algo que recibas; sino algo que hay u ocurre en el entorno, que de una manera inhalámbrica, te conecta con esa persona. Por ejemplo, te lo nombran. ¿No es por lo menos curioso que justo alguien te nombre una persona en la que estas pensando? Este es un placer que depende del día, del momento, de la situación. Puede ser un colega, parte de la familia, una amiga, una persona especial, alguien del trabajo… he sentido el placer de este momento con gente muy diversa.

Y que me decís cuando os veis a vosotros mismos haciendo una auténtica locura. Las locuras pueden ser de muy diverso tipo ya que lo que es una locura para uno, es auténticamente una tontería para otros. Yo he disfrutado mucho apretando los dientes corriendo los últimos kilómetros de una carrera, estando tres horas hablando en inglés y dándome cuenta que podía, o sencillamente yendo a ver a una amiga a altas horas de la madrugada. No es mi favorito porque esto no es un detalle, no es un momento. Lo incluyo como momento porque es un solo instante cuando te das cuenta de lo que has hecho. Te ha podido llevar rato y rato, pero siempre hay un momento ínfimo en el cual te das cuenta de la locura que has hecho. Y ahí está mi momento.

Este es increíble. Y lo tenemos cada día, os lo aseguro. Muchas, muchas veces, pero nos negamos a creerlo. Esas décimas que pillas a alguien mirándote furtivamente, ya sea con admiración o con deseo. Por esas décimas, aunque sólo sea unas décimas, ha merecido el día. Será corto, será una sensación, no una realidad, la desgracia es que la mayor parte de los días no lo percibimos.

Un momentazo que me llega al corazón, y que hace que el día haya merecido la pena es cuando alguien te cuenta a ti qué opina de ti. Pero no me vale eso opinar en base a tus actos. Eso sería lo fácil. “que si eres muy majo, muy buena persona, un tipo con el que se puede hablar…”  ¡eso son obviedades! No sé ni yo mismo como soy para que alguien sepa describirme con exactitud. Yo ando buscando esos pequeños detalles de mí mismo que siempre pensé que nadie se fija. “mira, me levanta una intensa ternura la manera que miras y los gestos concretos que haces con la cabeza al hablar con alguien nervioso, es súper intenso como consigues reducir la ansiedad”. Eso sí leches, eso sí. No me describas como una buena persona, eso ya lo sé.

Y uno de los mejores detalles es cuando hablas bien de ti mismo a otra persona. ¿Os habéis escuchado hablando bien de vosotros mismos? Si estáis hablando realmente bien, pero bien de verdad, eso sí que es intenso joder. Eso sí que es una canción de esas que os sabéis de memoria porque os encantan y bailáis como locos.

Y me dejo el séptimo que es el que más me está costando. Ese momento por el que lucho todos los días, y el que hace que los días caigan no como hojas de otoño, sino que los minutos y las horas cuenten. Son esos instantes cuando el día acaba, cuando la actividad se pausa, cuando no puedes hacer nada más que enfrentarte a tus pensamientos, y haces balance, y te evalúas. Es mágico cuando hablas bien de ti mismo a ti mismo. Eso sí que es algo renovador, intenso, puro. Nadie más te escucha, no tienes que conquistar o convencer a nadie. Eres tú contra ti mismo. Y los días que has actuado contigo en la cabeza, con valentía, con energía y determinación, alineado con cómo te describes, ese día, justo ese día; hablas bien de ti mismo. Y de nuevo son unos segundos; pero son los segundos que merecen la pena.

Así que no necesito grandes cenas en sitios súper caros, no necesito caminar los domingos por el mismo sitio, ni tener ocho horas de sueño todos los días. Sólo necesito mis detalles, los míos, los que me llevo cada día cuando cierro los ojos.

Hubo una época en la que buscaba esos detalles con desesperación. Como un fotógrafo que tira y tira fotos, en la búsqueda de inmortalizar el momento perfecto. Buscaba rituales que me llevaran a esos instantes infinitos. Pero esos detalles, esos momentos no se generan, no se crean. Pasan por tu lado cuando estás presente, disponible, abierto, y sólo tienes que verlos pasar, disfrutarlos y poner las condiciones para que pasen cerca de ti, nada más.

Escribir esto ha puesto mi pequeño detalle en mí.

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Los oscuros secretos de tus domingos de cambio de hora. No dormir y desearlo.

Hoy nos vamos a decir verdades pero de las buenas. Verdades de cambio de hora, de noche donde había luz, de domingo de anochecer.

Repasemos… Tengo una larrrrga lista de deberes. Deberes de esos que consumen tu día, tu hucha de energía vital, y desplazan todo, como el CO2 en una habitación.

Deberes tediosos, de esos que no sirven para nada, que no llevan a ningún sitio. Así a bote pronto se me ocurre lo siguiente: planchar diez camisas, poner dos lavadoras, barrer el camino que lleva  las habitaciones, hacer el baño, cortar una zócalo a  la medida correcta para que dejen de tener una guarida las posibles cucarachas que me acechan, hacer la maleta, ir al taller a revisar los focos del coche, comprarme ropa de trabajo, ropa de deporte, comprar comida y hasta algunos deberes más inconfesables…

A mí nunca se me han dado bien las tareas repetitivas. Yo era de esos que cuando me encargaban algo mecánico, a la tercera vez ya lo hacía de una manera diferente, a la quinta ya tenía tres maneras diferentes de hacerlo, a la décima me aburría, y a partir de entonces lo hacía mal. ¿y entonces por qué me empeño en hacer lo que no deseo?

Sin escarbar en mi memoria, tengo deseos. Muchos, tendré que sumar varios reyes magos de varias generaciones para conseguir que me traigan todos. Que levante la mano aquel que no desearía algo de esto.

  • Comer sin hora de comienzo ni de acabar, hasta que la comida se quede fría o nos echen del lugar.
  • Dormir a las siete de la tarde viendo la que se avecina repetido. Acostarme con unos calcetines viejos y levantarme a las cinco de la mañana porque ya no tengo sueño.
  • Reír con la boca abierta hasta que se me caigan lágrimas de los ojos, mientras me abrazo a otra persona de la tontería que acabamos de realizar.
  • Tocar sin miedo al tacto de la piel, sin miedo a que mis manos estén sudorosas por los nervios del momento. ¡Ay qué miedo!
  • Sentir como me tocan, y que mi cuerpo no se agarrote como un trozo de madera. Que se relaje pero dejarme que se erice la piel.
  • Acariciar algo que me agrade sin miedo al rechazo.
  • Leer en un atardecer, mirando al horizonte de vez en cuando, saboreando lo que ha dicho, hasta que no quede luz y te alumbres con el móvil.
  • Llorar largo y tendido. Sólo sin razón aparente, en la gruta del señor Bruce Wayne.
  • No desear que acabe aquella película que has visto unas trece veces. Me dice tanto…
  • Amanecer, pero amanecer hasta con gafas de sol, de una larga conversación nocturna. Puede ser con amigos o con una pareja. Dejemos las dos opciones.
  • Mirar de frente con ojos certeros y seguros. Mi mirada es profunda, analítica y sincera. No encontrarás mayor pureza en ojos de color más turbio…
  • Sentirme observado, como una mirada fija en mí, intentando memorizar mis gestos, mi cuerpo, mi forma.
  • Aconsejar sin miedo a equivocarme; ya que no me equivoco, nunca nos equivocamos. Sólo nos equivocamos cuando dejamos de escucharnos.
  • Tener una conversación sin mirar el reloj, sin tener un plan posterior.
  • Disfrutar de un debate, de cómo te llevan la contraria y cómo tu cerebro echa chispas para pensar el siguiente argumento.
  • Tumbarme en el césped en una noche estrellada de verano, sólo, acompañado por mi plena conciencia.
  • Sentirme deseado de una manera irracional y a la vez racional. Deseado por quién soy y por cómo actúo.
  • Ayudar sin esperar contraprestación, porque esa es la verdadera esencia de ayudar.
  • Escribir para mí mismo, con energía y pasión, derramando mi alma en cada frase.
  • Correr fuerte y sentirme fuerte y poderoso. Porque corro más rápido y mejor que el yo del mes pasado.
  • Abrazar a los niños, atarle los calcetines entre sí y reírme de sus tonterías.
  • Caminar por la calle con mi familia, y no hablar de encargos, sino de verdaderas confidencias.
  • Aburrrirme, y disfrutar de estar aburrido. Para mí esto es lo más complicado J
  • Motivar, motivar y motivar. Y que mi exceso de energía se transmita como un cable de cobre entre repetidor y repetidor.
  • Crear de la nada, como si fuera el mismísimo Dios. Si por algo quiero que se me recuerde, es por mi capacidad de crear, de innovar, de sorprender.

Porque de las dos caras que tengo, la del deber y la del querer, me quedo con el querer, la que siempre he negado, y me lleva a todo esto que deseo.

Cuando elijes querer, y no elijes tener que hacer, cualquier defecto es una virtud, y sale tu mejor yo, en el trabajo, en tus emociones y en tus relaciones.

Y tu exceso de energía sirve para motivar; tu insistencia sirve para crear nuevas ideas, tu impaciencia te lleva a correr más rápido, o tu  silencio sirve para escucharte.

Cuando elijes querer, y no elijes tener que hacer, tus virtudes se potencian, y sale el yo del que te enamorarías si te lo presentaran.

Y tu creatividad sirve para romper barreras, tu sinceridad abre corazones, tu calidez cura al más enfermo, tu empatía genera vínculos, y tu positivismo hace que los demás sean invencibles.

No tengo ninguna prisa por acabar mis tareas. Ni las que deseo hacer ni las que tengo que hacer. Que me esperen una larga lista de ambas mientras las voy viviendo sin prisa pero sin pausa.

Viajaré, pero la niña me persigue!

Viajare, y me moveré, y seré más rápido que ella. No podré permitirme parar, ya que esta chica es muy insistente.

Siempre la tengo a unos metros de mí, justo detrás, resoplando para seguirme el paso, con la frágil apariencia de sus 14 años. Su mirada baja, penetrante, aunque algo esquiva, siempre se encuentra con mis ojos durante unas décimas de segundo. Pero esas décimas de segundo me paralizan, me bloquean.

Y con gesto postizo de sorpresa pero que casi parece real, me la encuentro siempre que miro a mi espalda. Y con la inocencia perversa de sentirse observada, finge estar a punto de de trastabillar y me dice…”eh! Perdona, que sólo quiero decirte algo!”

Es la caña. Siempre me lía. Nunca me deja que vaya a donde quiero ir, porque de un modo que no acabo de entender, me acaba convenciendo de lo que tengo que no tengo que hacer, de lo que no debo decir o hacer. Es una mandona de la ostia. Seguro que conocéis a alguien similar.

Y viajo, y corro, y salto, y ruedo, pero intenta alcanzarme con sus maniobras, pidiéndome un favor de esos que no puedes negar nunca, haciéndome una pregunta tonta que en teoría se contesta en quince segundos, o sencillamente diciéndome que porque no me tomo ese traguito de agua que tan bien me sentiría. “Te lo has ganado, yo que tú no me esforzaría más por si acaso.”

Pero viajare y correré. Porque comprobaré una cosa: si no me alcanza es que no la necesito, y por tanto me libraré de ella.

Porque si algún día me pilla parado, pensativo, dudando, eligiendo entre varias opciones que no me gustan; sacará su famosa libreta, se sentará en un banco a mi lado, me acariciará el oído derecho, y me susurrara bien cerca todo aquello que quiero oír pero no necesito.

¿sabéis esa famosa voz que ponéis cuando queréis conseguir algo de alguien…?

Me contará sus famosas batallitas donde las noches de primavera eran maravillosas para el terraceo, donde los coches iban siempre con el depósito lleno, se vivía relajado en un sofá viendo películas del espacio exterior, o los exámenes eran una locura pero tenías la idea feliz para sacarlos. Me contará que todo aquello estará, ya llegará; que ella lo traerá por mi. Pero sobre todo no elijas, elijo por ti.

Pero esa no es la realidad, pequeña gran mentirosa. Y cuando me encuentre sólo, medio desnudo, de noche, con frío, sin comida, lloviendo, con un viento de los que pican, y con la rodilla torcida y triste, será cuando aparecerás en mitad de la noche para traerme un caldito bien caliente y una manta, y me querrás llevar a mi humilde pero siempre confortable casita donde estaba antes de que empezara a viajar. Sucia bastarda, como me manipulas.

Lo siento pequeña chantajista, pero no me quedaré a ver amanacer. Tengo planes, y los tengo sin ti. Porque estoy seguro de que amanecerá. Pero no me pillará en este mismo sitio, ni dejaré que me pille conversando contigo.

Correré porque tengo un destino, un lugar, no por huir de ti. Y cuando corra contra la lluvia, hacia ese sitio, no pensaré en ti, sino en cómo estoy disfrutando de no tener ese caldito, de no tener ese calor en los pies debajo de la manta, de que me duela el cuerpo y sienta la humedad en el pecho.

Porque tu chantajista, manipuladora nata, te llamas miedo. Y me has contaminado, y te voy a expulsar, estas nominada!
Y no voy a permitir que me acompañes, aunque estoy seguro que me pillarás desfondado más de una vez. Pero ya no estarás camuflada, ya nos hemos conocido, y me podrás invitar a tomarnos un agua pero te pienso abandonar sin siquiera pagar mi parte.

¿A dónde voy? A ti, niña del inframundo, sí que te lo voy a decir. Porque donde voy no me puedes alcanzar, porque es tan sencillo como que sé el camino, pero me da igual el destino.

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Mi reflexión particular al miedo, a las dudas, a las inseguridades que nos bloquean día a día.

Toca el momento de elegir. ¿Eliges o descartas?

Puedes tener 20, 30, 40, 50 años… pero, ¿Te has planteado cuántas veces has decidido por ti mismo?

Y no me digas que decidiste lo que estudiar, donde trabajar, el piso que vives, la ciudad en la que resides o cuando tuviste aquel niño? Si ni siquiera eres capaz de decidir donde ir a cenar o que ropa comprarte…

Venga, seamos sinceros, ¿cuántas veces decidiste tú y sólo tú?

Y aun habrá muchos que dirán… Sí, sí, ¡yo elegí en todo aquello que dices! ¡Y sigo decidiendo, soy de esos tipos que siempre tienen ideas y son de los primeros en lanzarse a hacer algo!

Vale, venga. ¿cuantas veces de todas las que decidiste en tu vida elegiste la opción más mala?

Lo sabías, era la opción mala, la que no te llevaría por el camino fácil, la que te traería problemas y con mucha, mucha suerte alguna alegría. No, esa opción nunca la elegirías, no estaba en tus planes, y por tanto elegir en base a lo que quieres evitar, no es elegir sino descartar.

Creo que si habéis decidido alguna vez por esa opción “descartable”, sabréis la sensación que se queda en el cuerpo. La mente y el cuerpo se alinean, y sientes que tenías que haber tomado esa decisión hace mucho, justo cuando se presentó. Es probable que incluso te recrimines cómo no haber tomado esa decisión antes, si tanta plenitud te está ofreciendo y tan seguro estás de la decisión. Es como si a medida que pasan los minutos más te reafirmas en la decisión…

Sí, admitamoslo, no pasa nada. Se nos da estupendamente descartar. Descartar porque nos da un miedo atroz esa opción…

Bonita pero arriesgada

Necesaria pero dolorosa

Consecuente pero larga

Intensa pero incierta

Dicen que si pones un pero en cualquier frase, no sirve de nada todo lo anterior. Veamos que pasa si quitamos el pero

Bonita

Necesaria

Consecuente

Intensa

¿Esta chulo, verdad?

Le voy a quitar a mis decisiones ese pero. No voy a pensar en ese pero; está lleno de miedos, de ideas negativas de algo que no existe que sólo te llevan a pensar en descartar más que en elegir.

Y lo mejor de todo, voy a elegir sin pensar en el resultado esperado, sino en la elección en sí misma. Algunas veces elegiré bien y otras me equivocaré, pero tendré esa sensación de justicia, de justicia conmigo mismo.

Esta semana voy a elegir. Y no sé que ocurrirá.

Sé que si elijo yo desde mi centro de operaciones, y está alineado con lo que espero de mi, irá bien.

Con lo cual elijo pensar que es lo correcto.

Os animo a elegir esa opción que os lleva a la felicidad, al encuentro consigo mismos y con nadie más.

A miraros al espejo y deciros que arriesgastéis por vosotros y triunfasteis.

A veros apostando fuerte por vosotros mismos en la ficha 13, cuando ya no os queda ni un chavo.

Yo, relatos infinitos, acepto la apuesta.

El positivismo es positivo?? Hasta las pelotas del positivismo

Hoy he estado leyendo la carta que escribió hace unos días Pau Donés y cómo afrontaba su enfermedad. También había leído en su momento la que escribió Albert Espinosa acerca de como vivía en el hospital, si bien es cierto que él llego a escribir hasta libros del tema.

También me leí en su momento el diario que escribía Viktor Frankl en el campo de concentración.

Esto que escribo tiene que ver acerca de cómo afrontamos las adversidades y el dolor. Con positivismo, con aceptación o con pesimismo.

A algunos les sirve escribir sus pensamientos negativos en negro sobre blanco, expresar lo que sienten, y permitirse un día de “purga” y con eso sueltan todo lo tóxico. Puede que inicialmente sea negativo, pero parece que finalmente consiguen un reset. Otros en cambio prefieren encontrar una razón para dicho sufrimiento, y ven en ello que todo tiene un fin, y que de todo se puede sacar beneficio. Y seguir hacia adelante, siempre hacia adelante.

Soy coach, y hoy estoy hasta las pelotas de sacar lo positivo del sufrimiento. También estoy hasta las mismísimas del mantra de que somos capaces de todo en nuestra vida si nos lo proponemos. Y una mierda! Hoy no me creo lo que aprendí.

Creo que hoy me tocan de esas cartas de echar lo tóxico. No lo suelo hacer, siempre uso metáforas, pero hoy es el día. Puede que haya esperado mucho a escribir esto, tal vez demasiado.

Entre ser positivo y ser negativo, prefiero ser realista. Y si tengo que inclinar la balanza hacia un lado, me gustaría tirar hacia positivo pero controlando mis creencias acerca de mis posibilidades.

Hoy es mi día de purga. Es mi día de persianas bajas, de luz tenue y de edredón hasta la cabeza. Es mi día de fruta y ducha caliente hasta que se acabe el agua. Es mi día de sillón mirando a una televisión apagada.

Es el día de aceptar las cosas, ver el volumen real del agua que tengo en el vaso, y vaciarla para llenar con alguna fresquita y limpia. Hoy es mi día.

Y todo esto para que el positivismo no me susurre al oído oir, y que no me ayuda. Oir que todo se va a arreglar y que todo tiene un fin, sólo retraso mi enfrentamiento. La vida es maravillosa, pero no siempre. Yo no soy infalible, y los sueños a veces son cristales rotos.

Y con este día, y con los que necesite, vaciaré la bilis, y aceptaré que ese camino es positivo porque así lo acepto. No porque las mariconadas de la nueva filosofía positiva así lo dicen. Y entonces seré fuerte.

Interstellar.

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